martes, 14 de marzo de 2017

LA GOBERNABILIDAD DE ARGELIA EN PELIGRO POR UN CAMBIO DE LIDERAZGO


Las noticias del posible deceso del presidente argelino Abdelaziz Bouteflika abrieron el debate sobre el rumbo del régimen más represivo y opaco del Norte de África.

Aunque los argelinos intenten disimularlo lo mejor posible, lo cierto es que Argelia es una férrea dictadura que persigue y ahoga todas voces disidentes. Como todas las dictaduras, Argelia enfrenta serias tensiones ante la necesidad de efectuar y recambios en su liderazgo.

El presidente Abdelazis Bouteflika, de ochenta años de edad, gobierna desde 1999 mediante la realización periódica de elecciones fraudulentas. En 2014, Bouteflicka obtuvo su cuarto mandato consecutivo tras reunir el 81,53% de los sufragios emitidos, un porcentaje nunca alcanzado por ningún candidato en elecciones realmente libres y competitivas.

En la última década, la salud de Bouteflika se ha deteriorado gradualmente generando múltiples especulaciones. El periódico francés Le Dauphine Libere reveló, en 2005, que el presidente argelino había ingresado de urgencia, posiblemente afectado de una úlcera hemorrágica, en la unidad cardiológica de una clínica privada del sureste de Francia, en medio de fuertes medidas de seguridad y en el mayor secreto.

Aunque finalmente se recuperó, en los años siguientes el mandatario argelino multiplicó las estancias reparadoras y controles en una clínica suiza. Los problemas de salud obligaron a Bouteflika a reducir notablemente sus apariciones públicas en los medios de comunicación y los compromisos políticos. La última vez que habló en público fue el 8 de mayo de 2012.

En 2013, el presidente argelino sufrió un severo Accidente Cerebro Vascular (ACV) que lo obligó a una prolongada convalecencia. No obstante, la recuperación del anciano presidente no fue completa y su motricidad quedó seriamente reducida. Desde entonces no viajó por el interior del país y sólo salió de Argelia para viajar a Francia donde se sometió a periódicos tratamientos médicos.

En mayo de 2016, se filtró una fotografía, durante la visita del primer ministro francés Manuel Valls a Argelia, que mostraba al presidente Bouteflika con la mirada fija y la cara desencajada. Jean-Louis Debré, ex presidente del Consejo Constitucional francés, remató la cuestión con su libro “Lo que no podía decir”, en el que proporcionó detalles de las dificultades expresivas del anciano presidente durante su entrevista en diciembre de 2015. Sendos vídeos del ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y del Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, refrendaron la cuestión.

Un mes más tarde, el 5 de junio de 2016, Bouteflika confirmó todos los rumores al aparecer en público sentado en una silla de ruedas durante la celebración del 57° Aniversario de la Independencia de Argelia.

La aparición pública del presidente visiblemente disminuido en su salud, renovaron las especulaciones sobre su capacidad para gobernar e incrementaron los temores sobre el desarrollo de una lucha por el poder en el seno del liderazgo argelino, tras su muerte.

Paralelamente, la economía del país comenzó a derrumbarse y el régimen se vio forzado a ser más represivo. Desde junio de 2014, cuando el barril de petróleo Brent costaba 98 euros, hasta los actuales 44 euros, la economía argelina ha sufrido una reducción del 70% de sus ingresos provenientes en un 95% de sus exportaciones de hidrocarburos.

La falta de recursos hizo imposible el mantenimiento de la amplia variedad de subsidios a la población, que tradicionalmente han servido de paliativo para evitar protestas populares. El gobierno argelino debió aumentar algunos impuestos, subir un 20% el precio de los combustibles, la electricidad, el gas y los alimentos de primera necesidad.

La corrupción generalizada, el bloqueo de la movilidad social para los jóvenes que llegan a un estrecho mercado de trabajo y la imposibilidad de crear condiciones de transformación democrática del sistema político generan una desesperanza existencial que impulsa a los jóvenes argelinos a emigrar a cualquier precio. De ahí que en estas últimas décadas, varios miles de personas hayan salido de Argelia en busca de una vida mejor en Europa o en otros continentes.

La ausencia de perspectiva de mejora de la situación política, el control férreo por parte del Ejército de la transición post-Buteflika, la caída de ingresos del petróleo y el cese de remesas por parte de los inmigrantes argelinos de Francia socavan la situación social. Sólo en 2016, según varias fuentes, se calcula que más de 250.000 personas han intentado salir ilegalmente del país.

El gobierno argelino asegura que aún tiene reservas de divisas suficientes para soportar estos precios del petróleo por tres años más. Ahora acaba de lanzar una emisión de “bonos patrióticos”, con los que obtener liquidez de sus propios ciudadanos y de la economía informal.

Por otra parte, el temor a la incapacidad del presidente se hace más intenso ante la actual coyuntura internacional que vive Argelia llena de incertidumbre. Sus fronteras se ven rodeadas de inseguridad. Frecuentes protestas y atentados terroristas en Túnez, guerra civil y anarquía en Libia, la rebelión de los tuareg y la presencia de AQMI en Mali -que llevaron al atentado sobre la planta de gas argelina de In Amenas y la intervención militar de Francia, la asechan por el sur.

A ello se suma el regreso de Marruecos a la Unión Africana recortando la influencia argelina en el continente. Estas cuestiones están forzando a Argel a redefinir su política exterior. Pero, cómo llevar a cabo una diplomacia más activa con un presidente físicamente disminuido.

La debilidad del presidente comenzó a desatar una sórdida lucha por el poder con purgas de funcionarios claves, como el general Mohamed Mediene, alias Tawfik, quien fuera, durante 25 años, máximo responsable de los servicios secretos, el desmantelamiento del Departamento de Inteligencia de Seguridad (DRS, por sus siglas en francés) o la campaña llevada a cabo contra el multimillonario, Issad Rebrab, 71 años, propietario del grupo Cevital, el principal conglomerado económico del país.

El régimen comenzó a apretar aún más el cerco sobre las voces disidentes, en especial de los periodistas.

El 27 de junio de 2016, por ejemplo, el gobierno argelino detuvo al bloguero y periodista argelino Mohamed Tamlat. El periodista vivía, desde 2002, en el Reino Unido y había obtenido la nacionalidad británica en 2007.

En abril de 2014, publicó un vídeo y un poema en Facebook, que las autoridades judiciales de Argelia estimaron ofensivos para el presidente Bouteflika y lo detuvieron cuando viajó a visitar a su familia a Argel. Seis meses más tarde Tamalt falleció en la cárcel después de una prolongada huelga de hambre y una golpiza propinada por sus carceleros.

Recientemente, la cancelación de las visitas programadas de la canciller alemana Ángela Merkel, el pasado 20 de febrero, y luego la del ministro de Relaciones Exteriores español Alfonso Dastis, aumentaron las especulaciones sobre un mayor deterioro en la salud de Bouteflika.

El pasado 4 de marzo, el diario libanés El Nashra anunció el deceso del anciano mandatario. Inmediatamente fuentes argelinas negaron el hecho, afirmando que Bouteflika goza de buena salud.

Sin embargo, no son pocos los analistas que creen en la veracidad de la información del periódico libanés y que la demora en reconocer el hecho responde a la necesidad de asegurar la gobernabilidad del país durante la trasmisión del mando. También se preguntan si Argelia vivirá un recambio generacional en su liderazgo o prevalecerá el statu quo y el gobierno recaerá sobre alguna figura del entorno de Bouteflika o, nuevamente, sobre algún sobreviviente de los años de la lucha por la independencia.




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