martes, 14 de febrero de 2017

VLADIMIR PUTIN PIERDE UN ALIADO EN EL GOBIERNO DE TRUMP


El desplazamiento del Asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn es un duro ataque a la política de acercamiento a Rusia del presidente Donald Trump.

Cuando Donald Trump nominó al general retirado Michael Thomas Flynn como su Asesor de Seguridad Nacional, los analistas señalaron que el cargo excedía las capacidades de este tecnócrata de inteligencia militar cuyo mayor mérito conocido parece haber sido su eficacia en el desmantelamiento de redes yihadistas en Afganistán.

Si tomamos en consideración que ese cargo fue desempeñado por figuras de la talla intelectual de McGeorge Bundy, Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski o Brent Scowcroft, no cabe duda que esos zapatos le quedaban grandes a Flynn.

Sin embargo, Mike Flynn con seguridad será recordado por el dudoso honor de ser el funcionario que menos tiempo permaneció en el cargo de Asesor de Seguridad.

Sin embargo, el desplazamiento del general Flynn encierra otras implicancias. Que el detonante que provoca su alejamiento sea, en esencia, ciertas conversaciones privadas con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak, en que se trataron temas de Estado es una clara señal de que el establishment estadounidense no está dispuesto a abandonar fácilmente el paradigma forjado durante décadas de Guerra Fría.

Para los “decisión makers” estadounidenses, si hay un país con la capacidad potencial de causar un daño inaceptable a los Estados Unidos, ese país es, sin lugar a dudas, Rusia.

Quienes cultivan el realismo en política internacional suelen decir que las grandes potencias no tienen ni amigos permanentes, ni enemigos permanentes, tan sólo tienen intereses permanentes. Sin embargo, la rivalidad entre estadounidenses y rusos ha sido instalada sólidamente en el ideario colectivo de ambos pueblos.

Aun sabiendo esto, durante la campaña presidencial, Donald Trump intercambió elogios con el presidente Putin, justificó la anexión de Crimea, en 2014, e insinuó que los Estados Unidos no estaban obligados a acudir en defensa de los países bálticos, en el hipotético caso de una agresión rusa.

En sintonía con el pensamiento de Trump, Mike Flynn y el Secretario de Estado Rex Tillerson eran los dos altos funcionarios con vínculos probados con el presidente Vladimir Putin.

Flynn había desempeñado una consultoría para la agencia televisiva Russia Today y participado en un evento en que compartió una cena junto al presidente ruso. Mientras que Tillerson, antiguo presidente y consejero delegado del gigante petrolero Exxon Mobil, forjó una sólida relación personal con el presidente ruso, que llevó, en 2013, a que Vladimir Putin lo condecorara con la “Orden de la Amistad”.

En su momento, Tillerson se opuso a las sanciones que los Estados Unidos y sus aliados de la Unión Europea impusieron a Rusia tras la anexión de Crimea, sanciones que afectaron los negocios de las empresas estadounidenses en ese país.
Esto lleva a interpretar el desplazamiento de Mike Flynn como parte de una contienda interna dentro del gobierno estadounidense entre partidarios y enemigos de un acercamiento a Rusia.

También las últimas medidas adoptadas contra Rusia por el presidente Barack Obama, días antes de dejar su cargo -expulsando a 35 diplomáticos rusos y cerrando dos centros propiedad del gobierno ruso en los Estados Unidos-, en respuesta a la supuesta injerencia rusa en las elecciones presidenciales americanas, son una clara evidencia de que poderosos interese dentro de ese país se opondrán a cualquier concesión o entendimiento con Rusia.

En síntesis, el desplazamiento del general Lynn posiblemente no se deba a un error de criterio cometido por el funcionario al discutir temas sensibles con el embajador ruso. Más bien debe ser interpretado como la primera evidencia concreta de la puja interna, a alto nivel, sobre cuál debe ser el rumbo de las relaciones con Rusia. En este sentido, el presidente Donald Trump, se inicia perdiendo…