sábado, 5 de noviembre de 2016

EL MUNDO FRENTE A UNA ENCRUCIJADA



Mientras el mundo parece contener el aliento el lector estadounidense decide quién será el líder político más importante del planeta por los próximos cuatro años.

UN COMICIO MUY PARTICULAR

El próximo marte 8 de noviembre, en un ritual que se repite cada cuatro años, en los Estados Unidos tendrán lugar las elecciones presidenciales más disputadas y polémicas desde que en la década del sesenta contendieron Richard Nixon y John F. Kennedy.

Sólo que en esta oportunidad ambos candidatos son los más impopulares de la historia de este país y, además, por primera vez, el desarrollo de los comicios será supervisado por observadores internacionales que controlarán la calidad institucional del proceso.

A pocas horas de los comicios, lo único cierto es que después de una guerra de encuestas poco claras y de una campaña sucia de denuncias cruzadas entre los candidatos, existen pocas certezas de quién se impondrá en la votación.

Todo comenzó cuando el millonario desarrollador inmobiliario Donald Trump, que alcanzara notoriedad, además de mucho dinero, con el programa televisivo de realidad “El aprendiz” y organizando concursos de belleza femeninos; decidió competir por la precandidatura republicana. Trump adoptó para su campaña el discurso ultraconservador y el método sensacionalista del desaparecido ideólogo derechista Andrew Breitbart.

Fue entonces cuando, Trump sorprendió a todos los observadores políticos del mundo empleando un discurso populista, poblado de exabruptos xenófobos y sexistas. Sus argumentos de la antipolítica arrasaron con todo lo que hasta entonces se consideraba como políticamente correcto. Trump atacó desde el cambio climático hasta la inmigración mexicana, pasando por los tratados de libre comercio, las relaciones con China y la forma en que estaba llevando a cabo lucha contra el terrorismo yihadista. Tildó a todos sus oponentes de inútiles o corruptos (o ambas cosas) y acusó al presidente Barack Obama de ser un incapaz que ni siquiera era realmente estadounidense.  

Pronto los observadores comenzaron a ver en Trump la versión estadounidense del francés Jean-Marie Le Pen, del austríaco Norbert Hofer, de Hugo Chávez y hasta de Adolfo Hitler. 

Pero cuantas más barbaridades decía Trump, más parecía crecer en las encuestas.

Lejos de ser derrotado en las primarias, el exótico millonario se impuso en cada etapa dejando por el camino a candidatos más lógicos, como los senadores cubano-americanos  Ted Cruz y Marcos Rubio o el gobernador Jeff Bush. Así, este empresario que carece hasta de la más mínima experiencia en el manejo del Estado, obtuvo con relativa facilidad la nominación republicana para la presidencia. Trump recibió más votos en una elección primaria republicana que cualquier otro candidato presidencial en la  

Del lado demócrata había un peso pesado de la política con más de cuarenta años de experiencia en la materia: Hillary Clinton. Abogada graduada de Yale, con diez doctorados honoris causa en su currículo, contaba en su haber una experiencia de diez años como esposa de gobernador, ocho como primera dama, la primera mujer en ser senadora por el Estado de Nueva York y luego cuatro años como Secretaria de Estado del presidente Barack Obama. Hillary, que ya había participado en varias campañas presidenciales, parecía ser la candidata ideal que debía imponerse fácilmente en la contienda. Pero no fue así. Necesitó de una dura y larga campaña primaria para poder derrotar a su rival liberal Bernie Sanders. Pronto se vería que alcanzar la candidatura presidencial demócrata sería el menor de sus problemas.

Pese a sus exabruptos y a que los ricos y famosos de los Estados Unidos parecían hacer cola para denostarlo públicamente, Donald Trump, contra todos los pronósticos, seguía obteniendo un insólito apoyo en las encuestas preelectorales.

Es que el rechazo y hasta temor que provocaba la figura del magnate inmobiliario, no eran suficientes para opacar los cuestionamientos que muchos votantes hacían a la candidata demócrata y a su esposo el ex presidente Bill Clinton.

La vida pública de Hillary Clinton siempre apareció rodeada de escándalos. El más recordado fue el affaire sexual protagonizado por su esposo Bill con la ex becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky. Pero no fue el único hecho de este tipo en que se vio involucrada. También su conducta estuvo ligada a notorios hechos de corrupción, como las poco claras inversiones inmobiliarias en Whitwater, en mezclar política y negocios en Arkansas a través de la Fundación Clinton. En su momento fue responsabilizada por no haber sabido evitar el asesinato del Embajador de los Estados Unidos en Libia, Chris Stevens, quien pereció junto a otros funcionarios cuando una turba asalto el consulado americano en Bengasi, durante su gestión como Secretaria de Estado. Por último, están las investigaciones que lleva a cabo el FBI sobre el desvió y posterior borrado de miles de documentos y correos electrónicos oficiales hacia su servidor privado de correo, hecho que constituye un grave delito.

Otros votantes demócratas van más allá y recuerdan que Hillary voto por la Patriot Act que limitó las libertades civiles en materia de privacidad y endureció las leyes migratorias, dentro del marco de la lucha contra el terrorismo e incluso que apoyó la decisión del presidente republicano George W. Bush de invadir Irak, que tantas vidas costo y cuesta al pueblo americano.
Su figura despierta incluso cuestionamientos entre el electorado femenino que no olvida fácilmente algunos de sus comentarios sexistas y despectivos hacia las mujeres. Tales como referirse despectivamente hacia las mujeres que se dedican a hornear galletas y servir el té. Muchas mujeres la descalifican como candidata afirmando que “es muy mayor”, “es lo mismo de siempre”, “es rígida”, “es una política de la vieja escuela”, “ha estado en la primera plana demasiado tiempo” o “no logra hacer conexión con nosotras”.
Recientemente la actriz Susan Sarandon, explicó su negativa a apoyar a Hillary diciendo contundentemente que “no voto con mi vagina” y por si quedaba alguna duda agregó: “El miedo a Donald Trump no es suficiente para que apoye a Clinton con su historial de corrupción”.

LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL

Con candidatos tan cuestionados como estos, pronto la campaña presidencial derivó en una aburrida serie de interminables descalificaciones personales y escándalos mediáticos donde ambos candidatos parecían realmente competir por quién era el más cuestionado y sin el más mínimo lugar para un debate serio de ideas o programas de gobierno.

Los grandes medios de prensa estadounidenses, usualmente objetivos y neutrales, abandonaron su tradición de neutralidad para dejarse arrastrar al fango de las descalificaciones contra el candidato republicano. En este error incurrieron, sin pudor, entre otros, USA Today, The Wall Street Journal, The Washington Post y Los Ángeles Times.

Para agregarle un poco de sal a la cuestión, Donald Trump amenazó con desconocer el resultado de la votación si le resultaba adverso y comenzó a hablar públicamente de fraude.

El clima electoral se deterioró tanto que, la Organización de Estados Americanos, tratando de evitar lo ocurrido en la elección presidencial entre Al Gore y George W Bush en el estado de la Florida, decidió por primera vez en la historia enviar una delegación de observadores internacionales a supervisar los comicios. La misión de la OEA, está encabezada por la ex presidente de Costa Rica, Laura Chinchilla.

El candidato republicano, Donald Trump, parece recibir el voto mayoritario de los blancos rurales de clase media, también jubilados y desempleados, sin educación universitaria, de más de sesenta años de edad, por lo general de ideas conservadoras y que suelen ser racistas sin saberlo.

Es gente que no ve con simpatía que el próximo ocupante del Salón Oval sea una mujer, en especial después de ocho años de un presidente negro y liberal.

Se trata de un electorado religioso (formado por cristianos protestantes o católicos) que se sensibiliza con el programa de Trump que propone “Hacer grande a América una vez más”.

La candidata demócrata, Hillary Clinton, parece recibir el voto de las minorías (negros, latinos y gay), jóvenes con educación universitaria, con empleos muy bien remunerados, ateos o judíos, de ideas liberales y con residencia en las grandes ciudades.

LOS PRONÓSTICOS

En este contexto, se comprende que a pocos días de la votación ninguna encuesta resulte confiable. The Washington Post y la cadena ABC dieron a conocer una encuesta que da el triunfo a Hillary Clinton por el 47% de los sufragios contra un 44% de su rival republicano. Pero, como existe un margen de error de más, menos el 3%, hay que hablar de un empate técnico.

Para ver ganar a Donald Trump hay que recurrir a otras fuentes de información más heterodoxas. El sistema de inteligencia artificial MoglA, un algoritmo informático que recoge información de las redes sociales y que predijo acertadamente las últimas tres elecciones presidenciales da ganador a Trump. Otro tanto opina le profesor Allan Lichtman autor de un sistema de evaluación de candidaturas que contempla trece variables y que le ha permitido acertar con el triunfador de las últimas ocho elecciones.

¿QUÉ PODEMOS ESPERAR?

Frente a este panorama tan confuso, el votante estadounidense probablemente se incline por el candidato que le resulte menos malo, entre dos candidatos muy malos, a los efectos de evitar el triunfo del otro.

También es probable que se produzca un alto nivel de ausentismo y que los terceros candidatos, sin peso electoral alguno, reciban un número mayor de lo habitual de votos antisistema.

Tampoco debe descartarse la existencia de un “voto vergonzante” que favorezca a Trump. Algunos votantes de Trump pueden verse tentados a ocultar su preferencia -e incluso expresar la contraria- a los efectos de parecer “políticamente correctos” y evitar las polémicas con amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

Habrá que aguardar hasta el próximo martes para terminar con todas las especulaciones y saber que decide el electorado estadounidense y que puede esperar el mundo.

No obstante, un hipotético triunfo de Donald Trump obligará a muchas cancillerías extranjeras, y algunos medios de comunicación, a realizar un brusco viraje en sus declaraciones y aptitudes para poder convivir con el nuevo habitante de la Casa Blanca.