viernes, 16 de septiembre de 2016

MIRANDO HACIA EL 2017


  

Suele decirse que las crisis son momentos de oportunidad. Por ello la sociedad argentina tendrá en 2017 una muy buena ocasión para ratificar que tipo de país espera crear.



La mayoría de los politólogos suelen considerar que el momento más complejo en una transición política es cuando lo antiguo ha dejado de funcionar y no nuevo aún no ha comenzado a funcionar.

Esto es particularmente cierto en Argentina. En nuestro país los cambios de gobierno suelen ser percibidos como momentos fundacionales a partir de los cuales la historia parece estar iniciando un nuevo ciclo.

Hoy vivimos uno de esos momentos fundacionales. Hemos dejado atrás, en forma pacífica y democrática, un largo periodo de doce años y seis meses en que se perdió la república y el país entró en un régimen populista, autoritario y ferozmente dedicado al culto a la personalidad.

Posiblemente no haya un ejemplo más patético del personalismo arbitrario del régimen anterior, que la figura de una presidente saliente negándose a entregar los atributos del cargo a su sucesor constitucional por qué este no le garantiza impunidad ante la justicia.

Los argentino que votaron por un cambio en el país comprendían que no era posible continuar aislados del mundo, con una justicia garantista que instaló una puerta giratoria en los tribunales mientras ignoraba la corrupción generalizada de los elencos gubernamentales y con una economía viciada por la recesión, la inflación desbocada, la falta de inversiones en infraestructura y el irresponsable festival de subsidios.

La gente sabe muy bien esto, sin embargo, su apoyo al nuevo gobierno es diariamente puesto a prueba por los aumentos tarifarios, los ajustes impositivos, el desempleo, la inflación y los crecientes problemas de seguridad.

A ello se suma la aptitud irresponsable –y hasta criminal- de algunos sectores de la oposición que se niegan a reconocer que el país está bailando sobre la cubierta del Titanic.

El kircherismo duro, atrincherado en su control de la calle y de algunos municipios del conurbano, desarrolla una activa campaña de agitación movilizando a todos sus cuadros militantes, políticos y del ámbito cultural con el sólo objeto de presionar para detener la ofensiva judicial contra los principales responsables del saqueo del país: Cristina Fernández de Kirchner, Julio De Vido, Amado Boudou, Hebe de Bonafini, Lázaro Báez, Julio López y una larga lista de ex funcionarios corruptos más.

El peronismo, si bien públicamente parece tomar distancia de los escándalos de corrupción, las campañas de agitación y los exabruptos antidemocráticos y golpistas del kirchnerismo tampoco colabora con la gobernabilidad del país. Explota salvajemente cuanto error o escándalo afecta al gobierno y critica en forma exacerbada las medidas impopulares que este debe llevar a cabo. Posiblemente, en secreto, algunos dirigentes peronistas respiren con alivio de no tener que ser ellos quienes deban aplicar estas impopulares –aunque necesarias- medidas de sinceramiento de la economía.

Por el momento, todas las energías del peronismo parecen agotarse tanto en las contiendas internas por el poder como en impedir que Mauricio Macri pueda aspirar a un segundo mandato presidencial. Desean que Macri corrija el caos económico e institucional dejado por Cristina Fernández, que cumpla su mandato presidencial, pero que llegue al 2019 absolutamente desacreditado, impopular y sin posibilidades de reelección.

En esta forma los peronistas retornarían a La Rosada “cual torna la cigüeña al campanario”, tal como diría Joan Manuel Serrat.

Macri, por otra parte, parece haber evaluado que si no solucionan los problemas de la economía, es decir, termina con la recesión y controla la inflación, su gobierno no tiene futuro. En consecuencia, su prioridad es la economía y para ello apuesta a atraer inversiones extranjeras.

La idea puede ser buena pero de difícil y lenta implementación. Porque el gobierno puede hacer todo bien para atraer inversiones: dar garantías jurídicas, mejorar el clima de negocios, invertir en infraestructura, abrir la economía, etc.

Pero esto garantiza que lleguen capitales extranjeros al país. Es difícil creer que haya inversiones de calidad –empresas internacionales de primera línea que apuesten a emprendimientos de largo plazo- dispuestas a invertir en un país donde en cuatro años puede retornar el populismo más feroz e irresponsable.

Ahora, bien el país necesita del aporte extranjero, principalmente en forma de inversiones productivas y aportes de tecnología, gobierne Macri, Masa, Urtubey o cualquier otro.

Para ello la sociedad argentina deberá dar claras señales de su repudio definitivo al populismo facilista y el momento indicado para ello serán los comicios de medio término que tendrán lugar el año próximo.

Si no ratificamos nuestra voluntad de hacer las cosas bien, es decir, como se hace en los países serios, estables y en crecimiento; no esperemos que nadie confíe en nosotros y venga a ayudarnos a superar la crisis.

Si creemos en la necesidad del cambio debemos ser pacientes y seguir apoyando la transformación del país aun cuando nos resulte muy costosa. De lo contrario los costos todavía serán mayores y ni nosotros ni nuestros hijos gozaremos de un futuro promisorio.