domingo, 31 de mayo de 2015

LA NECROFILIA DE LOS ARGENTINOS


UNA TENDENCIA QUE VIENE DEL PASADO
Una nota aparecida el pasado jueves 28 de mayo en el prestigioso diario español “El País”, del cual curiosamente no se ha hecho eco la prensa local como en otras ocasiones, deja en evidencia que la tan mentada tendencia necrofílica de los argentinos no parece ser un mito. Es decir, nuestro antiguo hábito de manipular muertos, removerlos de sus tumbas y pasearlos como trofeos o las disputas por cabezas, manos, corazones y huesos, en búsqueda de momentáneos réditos políticos o de estériles venganzas póstumas.
Al parecer esta costumbre se inició en el siglo XIX, durante el aciago período de las luchas nacionales. En ese entonces, era frecuente que los opositores derrotados en el campo de batalla no sólo perdieran la vida sino que sus cabezas clavadas en la punta de una lanza terminaran exhibidas en la plaza principal de alguna población. Ese fue el trágico destino que padecieron grandes hombres de nuestra historia: como el mártir de Metán, Marco Avellaneda o el “supremo entrerriano” Francisco “Pancho” Ramírez y tantos otros.
Durante el siglo XX este macabro hábito no desapareció totalmente sino que adquirió nuevas modalidades. Al morir, en 1952, María Eva Duarte, su esposo y presidente de la Nación no tuvo mejor idea que emular con ella lo realizado en la Unión Soviética con el cadáver de Lenin. Para ello contrató al eminente patólogo español Pedro Ara para que preservara el cadáver de su esposa para la posteridad.
El verdadero objetivo del régimen peronista era seguir empleando a Evita, después de muerta, como un macabro instrumento de propaganda. De haber logrado su objetivo, el cadáver momificado de Eva Perón recibiría todos los años el homenaje de los niños en edad escolar, de los soldados que prestaban servicio militar y de los obreros que movilizarían disciplinadamente los sindicatos. El país entero recordaría y rendiría eterno tributo a la “Abanderada de los Humildes” y de paso a su esposo Juan D. Perón.
Este grandioso proyecto se frustró con el triunfo de la Revolución Libertadora en 1955. Pero, el drama del cadáver de Eva Perón no concluyó allí. Los militares libertadores parecían temer más al recuerdo de una mujer muerta que al presidente depuesto. Es por ello, que el presidente de facto, general Pedro E. Aramburu ordenó ocultar el cuerpo momificado de Eva Perón, en Italia, durante catorce años, para evitar que su sepulcro se convirtiera en un lugar de veneración popular.
EL CASO JUAN DUARTE
Por esos años, uno de los parapoliciales golpistas que se denominaban “comandos civiles”, el profesor Próspero G. Fernández Albariños, que empleaba el alias de “Capitán Gandhi”, hizo exhumar el cadáver del hermano de Eva Perón, Juan Duarte, para determinar las reales causas de su muerte. Juan Duarte se había desempeñado como secretario privado del presidente Perón hasta su renuncia en medio de sospechas de corrupción. El 9 de abril de 1953, apareció misteriosamente muerto de un disparo en la sien que se atribuyó a un suicidio. Fernández Albariños, hizo seccionar la cabeza del cuerpo y solía exhibirla con orgullo a quienes visitaban su despacho, en la temible Coordinación Federal, para explicar que había sido asesinado por orden de Perón.
LOS CADÁVERES EN OLIVOS
Sería otro gobierno de facto, en este caso presidido por el Teniente General Alejandro A. Lanusse, quien, buscando congraciarse con Perón, restituyó los restos de Eva Duarte a su esposo en 1971. El ex presidente atravesaba, en ese entonces, la última etapa de su exilio madrileño en la finca de Puerta de Hierro.
Mucho se ha hablado y escrito sobre el uso que hicieron Isabel Perón y su “secretario privado”, el místico José López Rega, del cadáver de Evita para llevar a cabo ceremonias ocultistas. Nada diremos al respecto para no agregar más notas de mal gusto a este relato.
Perón, con la serenidad y la prudencia que solo proporcionan los años y la proximidad de la muerte, prefirió mantener el cuerpo de Evita en España, aún después de su regreso victorioso al país en 1973.
Muerto Perón en 1974, los Montoneros decidieron que había llegado el momento de que fueran ellos quienes obtuvieran algún rédito del cadáver momificado de Eva Perón. Para ello secuestraron el cadáver del general Aramburu, profanando su tumba en el cementerio de La Recoleta. Los guerrilleros demandaron que el cadáver de Evita fuera trasladado a la Argentina como requisito para restituir los restos del militar.
En esta forma Aramburu terminó siendo secuestrado dos veces por el mismo grupo guerrillero. La primera vez, en 1970, para asesinarlo y la segunda vez, en 1974, como cadáver para ser intercambiado por otro cadáver.
El débil gobierno de Isabel Perón no tuvo otra alternativa que ceder a la demanda de los Montoneros. Nuevamente, el inefable José López Rega entró en acción y al frente de su banda de parapoliciales trajo el cadáver de regreso al país en un sorpresivo operativo secreto.
Desde entonces y hasta el final de su mandato, Isabel vivió en la Residencia Presidencial de Olivos en compañía de los cadáveres de su esposo el general Juan D. Perón y de la segunda esposa de este, Eva Duarte, alojados en una habitación especialmente acondicionada como capilla ardiente.
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, puso fin al empleo de la residencia presidencial como cementerio. El presidente de facto, el entonces general Jorge R. Videla, ordenó que el cadáver de Eva Perón fuera enterrado en una bóveda blindada construida para preservarlo de nuevas profanaciones en el cementerio de La Recoleta. En tanto que, el cadáver del presidente Juan D. Perón fue inhumado en la bóveda que la familia Perón tenía en el cementerio de la Chacarita.
LAS MANOS DE PERÓN
El general Perón, como recordamos había ordenado la preservación del cadáver de Eva Duarte mediante el embalsamamiento, quiso evitar que su propio cuerpo fuera objeto de manipulación política y estableció claramente en su testamento que deseaba ser enterrado con su uniforme –después de todo había sido un militar casi a lo largo de toda su vida- y que a su cadáver no debía aplicarse ningún procedimiento de embalsamamiento.
No obstante, si Perón pretendía evitar que sus restos mortales pasaran por las mismas peripecias que sufrió el cuerpo de Evita, no lo logró.
El 10 de junio de 1987, se supo que el cadáver de Perón fue profanado, sus manos amputadas y sustraídas junto a otros objetos que se encontraban en el ataúd. Nunca se estableció cual fue el motivo, tampoco se recuperaron esos despojos mortales.
Pero allí no terminan las penurias para el cadáver del General. El 17 de octubre de 2006, el gobierno de Néstor Kirchner quiso reverdecer su pertenencia peronista y dispuso el traslado de los restos mortales de Perón desde la bóveda familiar del cementerio de la Chacarita a un mausoleo construido en la Quinta 17 de octubre, en el partido de San Vicente, provincia de Buenos Aires. En ocasión del traslado se extrajo una porción del uso de la tibia para realizar un análisis de paternidad, debido a que la señora Marta Holgado afirmaba ser hija extramatrimonial de Perón, algo que el análisis demostraría era erróneo pero no impidió una nueva mutilación del cuerpo.
Durante el traslado se produjeron serios incidentes entre grupos sindicales peronistas antagónicos que contendieron con palos piedras y disparos de armas de fuego. El saldo un escándalo mayúsculo y cuarenta personas heridas.
CADÁVERES Y DESPOJOS MORTALES A LA ORDEN DEL DÍA
En 1989, apareció misteriosamente en la Plaza de Mayo, el cráneo de Miguel Martínez de Hoz, el abuelo del ministro de economía de Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, cuya tumba había sido profanada por desconocidos días antes.
A fines de octubre de 1989, el presidente Carlos S. Menem ordenó la repatriación de los restos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, que reposaba en el cementerio de Southampton, en Inglaterra, donde murió en 1877 mientras se encontraba exiliado.
El ejemplo fue inmediatamente imitado. Los restos del autor de la letra del himno nacional, el ex gobernador de Buenos Aires, Vicente López y Planes, fue trasladado al partido que lleva su nombre. Los restos del maestro William Morris fueron enterrados en el pueblo de William Morris y los del filósofo Alejandro Korn, previsiblemente, en la estación ferroviaria homónima. Algunos de esos traslados póstumos se frustraron antes de las exhumaciones, pero decenas de ellos se concretaron.
Uno de los últimos correspondió a Juan Bautista Alberdi, el jurista tucumano que sentó Las Bases para el texto de la Constitución Nacional de 1853. El 4 de septiembre de 1992, en vísperas de las reñidas elecciones para gobernador de la provincia de Tucumán, en las que competía el general Domingo Bussi y el cantante popular Ramón “Palito” Ortega, el presidente Menem viajó a Tucumán llevando los restos de Alberdi en el avión presidencial. Muchos atribuyeron a este gesto presidencial la victoria de Ortega en la elección.  
UNA TUMBA PARA VIDELA
Retomando el artículo del diario El País que diera origen a esta prolongada reflexión, en el mismo se refiere al destino final de los restos mortales del ex dictador Jorge R. Videla.
Videla fue encontrado muerto en circunstancias extrañas, el 17 de mayo de 2013, cuando contaba 87 años y purgaba una condena de por vida en el penal de Marcos Paz. Su cuerpo fue hallado en el baño de su celda presentando una fractura de pelvis y diversos hematomas cuyo origen los forenses no pudieron determinar fehacientemente. Esto obligó al juzgado interviniente a mantener la causa por muerte dudosa abierta. Es por ello que la familia no ha podido cremar el cadáver como era su deseo.
La intención de su viuda era que el cadáver reposara en la bóveda familiar de la ciudad bonaerense de Mercedes, pero el activismo de sectores de izquierda y de los organismos defensores de derechos humanos lo impidieron.
Los deudos debieron optar por enterrarlo discretamente en una parcela del cementerio privado “Memorial” perteneciente a la familia de otro militar de apellido Olmos.
Es cierto que Videla es responsable de que muchos argentinos no tengan una tumba digna donde reposar y de que muchas familias no sepan con certeza cuál fue el destino final de sus seres queridos ni donde llevarle flores. Pero la justicia no debe confundirse con revancha o vendetta. Si aplicamos el ojo por ojo pronto estaremos todos ciegos.

Es hora de abandonar esa horrible tendencia a usar a nuestros muertos, sean del signo político o ideológico que sean, para resolver nuestros conflictos de hoy o para buscar eventuales ventajas políticas.