lunes, 13 de abril de 2015

MARRUECOS COSECHA ÉXITOS POR SUS BUENOS OFICIOS EN LA GUERRA CIVIL DE LIBIA


UN PAÍS CLAVE EN UNA REGIÓN CONVULSIONADA
Mientras el convulsionada Norte de África no logra superar la crisis de gobernabilidad que se desató, a fines del 2010, con el comienzo de la denominada “Primavera Árabe”, la actividad cada vez más intensa de los grupos yihadistas y los problemas económicos derivados del brusco descenso de los precios del petróleo, un país se consolida claramente en el liderazgo regional.
El Reino de Marruecos por su posición geográfica y su herencia cultural de excepción, que lo convierten simultáneamente en un país africano, musulmán y mediterráneo, es un interlocutor válido y confiable para los principales actores de la región.
Además, una economía sana no vinculada a la exportación de petróleo, instituciones estables y un liderazgo sólido y experimentado han transformado a este país del Magreb en un actor clave en el entramado de las complejas relaciones que vinculan a las naciones africanas, al mundo árabe y a las potencias occidentales integradas en la Unión Europea y la OTAN.
Así lo pone de manifiesto el activo rol desempeñado recientemente por la diplomacia marroquí al rescatar al diálogo inter-libio del estancamiento en que se encontraba sumido.  
LIBIA EN LLAMAS
Desde febrero de 2011, Libia vive virtualmente en medio de una sangrienta guerra civil, en esa fecha el país fue alcanzado por la onda expansiva de la “Primavera Árabe” que se iniciara en Túnez. La muerte de Muamar el Gadafi, autoproclamado “Líder y Guía de la Revolución”, que había tomado el poder tras haber derrocado al rey Idris en 1969, en octubre de 2011 no sólo generó un enorme vacío de poder y dio pasó a encendidas luchas tribales y religiosas.
Los combatientes que habían luchado contra el régimen de Gadafi no entregaron las armas; el gobierno provisional los “integró” en los ministerios de Defensa e Interior. Sus filas se incrementaron cuando los jóvenes del país se sintieron atraídos por los altos salarios que el gobierno pagaba a los miembros de los grupos armados que le pertenecían nominalmente. En realidad, era justamente lo contrario: los grupos armados se habían apropiado del gobierno asaltando el Parlamento, secuestrando al primer ministro y repartiéndose los cargos públicos, el dinero y hasta la compra de armas.
LA SEGUNDA GUERRA CIVIL LIBIA
La guerra civil en Libia recrudeció con inusual virulencia a comienzos del año pasado. El 14 de febrero de 2014, el general Jalifa Haffar, quien había logrado movilizar a parte del antiguo ejército que había desertado de las filas de Gadafi en 2011, y que más tarde se había sentido marginado y amenazado físicamente por los islamistas, difundió un comunicado en el que ordenaba la suspensión del Congreso General Nacional –CGN-, dominado por los islamistas, tras el rumbo a la deriva que había tomado el país y proponía la formación de una comisión presidencial hasta que se celebraran nuevas elecciones. Después de cruentos combates entre islamistas y moderados el país quedó dividido en dos bandos.
Por un lado están los islamistas, que controlan la capital, Tripolí. Su coalición, “Amanecer de Libia”, incluye a las Brigadas de Misrata, de las ciudades del Oeste del país y de la minoría bereber, así como a otros grupos de tendencia islamista. Han resucitado al Congreso General Nacional –el antiguo Parlamento- y han elegido un “gobierno de salvación nacional” encabezado por Omar al Hasi, un ex profesor de Bengasi. Sin embargo, ni un solo país extranjero ha reconocido a su gabinete, aunque, controla la mayoría de los edificios gubernamentales de la capital.
En el otro bando está el gobierno reconocido internacionalmente, con sede en las ciudades de Tobruk y Al Baida, al este del país, y presidido por Abdulá al Thini. Cuenta con la Cámara de Representantes, el Parlamento elegido en las elecciones de junio de 2014. Recientemente, este bando se ha fusionado formalmente con “Operación Dignidad”, el grupo que responde a la conducción del general Jalifa Haffar. También forman parte de esta coalición moderada las milicias de la ciudad de Zintán, situada al Oeste, las cuales, antes controlaban Trípoli y su aeropuerto internacional junto con los guardias “federalistas” de las instalaciones petrolíferas conducidas por Ibrahim Jadran.
Los dos bandos tienen posiciones diametralmente opuestas. Los que tienen su sede en Tobruk proclaman que están luchando contra los terroristas islamistas, mientras que los instalados en Trípoli afirman que lo hacen contra los residuos del régimen de Gadafi. Este choque de intereses y rivalidades tribales ha provocado la muerte de unas tres mil personas tan sólo en 2014, a los que se suman otros cuatrocientos mil libios desplazados (de una población total de seis millones de habitantes) y a un número inexplicable de desaparecidos, a menudos víctimas de la violencia política.
Conforme aumentaba la crudeza de los combates y el número de víctimas, Naciones Unidas y la Unión Europea se vieron obligadas a amenazar a los dos parlamentos rivales de Libia con un embargo petrolero y con sanciones económicas si no se sentaban en la mesa de negociaciones. Lograron así un primer acercamiento entre ambos bandos, que fue coordinado por la Misión de Apoyo de la Naciones Unidas en Libia (conocida por las siglas UNSMIL, del inglés United Nations Support Mission in Libya), y coordinada por su Represente Especial, el político español Bernardino León.
La primera ronda de las conversaciones tuvo lugar en Ginebra entre miembros de la Cámara de Representantes de Libia y representantes tribales de las principales ciudades del país, si bien los islamistas del Congreso General Nacional, en Trípoli, se negaron a acudir, sosteniendo que el diálogo tendría que tener lugar sólo en Libia. 
A pesar del fracaso de la primera ronda, Naciones Unidas intentó organizar una segunda etapa de negociaciones dentro del país, para lograr así la asistencia de los parlamentarios de Trípoli. La elección del lugar donde éstas tendrían lugar ya fue motivo de disputa.
La situación estaba estancada hasta que la diplomacia marroquí entró en juego. Haciendo pesar el hecho de que ser un país musulmán, donde su rey Mohamed VI es el “Comendador de los Creyentes”, y también un estado africano, los marroquíes lograron convencer a los delegados islamistas de reunirse en la ciudad balnearia de Skhirat, en Marruecos.  
MARRUECOS ENTRA EN ESCENA
Así, el viernes 6 de marzo comenzaron de nuevo las reuniones para la solución pacífica del conflicto, en la ciudad de Skhirat, situada a unos treinta kilómetros al sur de Rabat. Previamente se había acordado que las conversaciones girarían en torno a tres puntos: Primero, la formación de un gobierno de unidad nacional, con consenso en los nombres del primer ministro y sus viceministros; segundo, preparar el camino para un alto el fuego, una retirada por fases de las milicias de las ciudades y la implementación de medidas de control de armas; y tercero, la redacción de una constitución según un calendario determinado.
La activa diplomacia marroquí, que una vez más se actuó con extremo profesionalismo y desempeñó un papel esencial en la creación de un ambiente propicio para el diálogo, al favorecer la convivencia y contribuir a aflojar las tensiones y los roces que ocasionaron las persistentes acciones bélicas entre las facciones rivales.
De hecho, y a pesar de no haberse logrado aún un acuerdo definitivo para el cese de las hostilidades, la segunda ronda del diálogo inter libio se cerró el 26 de marzo pasado, con marcado optimismo de las delegaciones parlamentarias que concurrieron a la misma en representación de los bandos beligerantes.

La mediación llevada a cabo con éxito en el complejo y delicado conflicto inter libio, el haber albergado recientemente un evento internacional de las dimensiones del Foro Crans Montana y su activa diplomacia, especialmente en el África Saheliana, sitúan claramente al Reino de Marruecos como un actor esencial para la resolución de cualquier conflicto en región.