martes, 7 de abril de 2015

LA GRAN GUERRA EN PERSPECTIVA

LA GUERRA QUE TERMINARÍA CON TODAS LAS GUERRAS

 “El siglo XX –nos dice E. J. Hobsbawn- no puede disociado de la guerra, siempre presente aun en los momentos en los que no se escuchaba el sonido de las armas y las explosiones de las bombas. La crónica histórica del siglo y, más concretamente, de sus momentos iniciales de derrumbamiento y catástrofe, debe comenzar con el relato de los 31 años de guerra mundial”[i] Esta apreciación del célebre historiador es comprensible, ya que desde hacía un siglo no se había producido en el mundo una guerra importante en la que se hubieran visto involucradas las grandes potencias, o al menos la mayor parte de ellas.

A principios del siglo XX, el mundo continuaba dominado por las seis grandes potencias europeas: Gran Bretaña, Francia, Rusia, Austria –Hungría, Prusia –desde 1871 extendida a Alemania- y, después de la unificación Italia, a las que se sumaban Estados Unidos en América y Japón en Asia. Todas estas grandes potencias poseían extensos imperios coloniales.

A pesar del aparente clima de prosperidad, entre los principales estados europeos existían graves tensiones. Sin embargo, desde el final de las guerras napoleónicas en 1815, sólo había habido un breve conflicto en el que participaron más de dos grandes potencias, la Guerra de Crimea (1854 – 1856), que enfrentó a Rusia con Gran Bretaña y Francia.

La mayor parte de los conflictos bélicos ocurridos desde entonces, en que se involucraban algunas de las grandes potencias, había tenido muy corta duración. El más prolongado de ellos no fue un conflicto internacional sino una guerra civil en los Estados Unidos (1861 – 1865), y lo normal era que las guerras duraran meses o incluso –como la guerra entre Prusia y Austria de 1866- semanas. Entre 1871 y 1914 no hubo ningún conflicto en Europa en el que los ejércitos de las grandes potencias atravesaran una frontera enemiga, aunque en el Extremo Oriente Japón se enfrentó con Rusia, a la que venció, en 1094 – 1905, en una guerra que aceleró el estallido de la Revolución Rusa.

Como muy bien señala Hobsbawn, anteriormente nunca se había producido una “guerra mundial”. En el siglo XVIII, Francia y Gran Bretaña se habían enfrentado en los campos de batalla en la India, en Europa, en América del Norte y en los diversos océanos del mundo. Sin embargo, entre 1815 y 1914 ninguna gran potencia se enfrentó a otra más allá de su región de influencia inmediata, aunque es verdad que eran frecuentes las expediciones agresivas de las potencias imperialistas, o de aquellos países que aspiraban a serlo, contra enemigos más débiles de ultramar.

La mayor parte de ellas eran enfrentamientos desiguales, como las guerras de los Estados Unidos contra México (1846 – 1848) y España (1898) y las sucesivas campañas de ampliación de los imperios coloniales británico y francés, aunque en alguna ocasión no salieron bien librados, como cuando los franceses tuvieron que retirarse de México en la década de 1860 y los italianos de Etiopía en 1896. Incluso los más firmes oponentes de los estados modernos, cuya superioridad en la tecnología de la muerte era cada vez más abrumadora, sólo podían esperar, en el mejor de los casos, retrasar la inevitable derrota.

Todo esto cambió en 1914. En la Primera Guerra Mundial participaron todas las grandes potencias y todos los estados europeos excepto España, los Países Bajos, los tres países escandinavos y Suiza. Además, diversos países de ultramar enviaron tropas, en muchos casos por primera vez, a luchar fuera de su región. Así, los canadienses lucharon en Francia, los australianos y neozelandeses forjaron su conciencia nacional en una península del Egeo –Gallípoli- y, lo que es aún más importante, los Estados Unidos desatendieron la advertencia de George Washington de no dejarse involucrar en los problemas europeos y trasladaron sus ejércitos a Europa, condicionando con esa decisión la trayectoria histórica del siglo XX. Los indios fueron enviados a Europa y al Próximo Oriente, batallones de trabajo chinos viajaron a Occidente y hubo africanos que sirvieron en el ejército francés. Aunque la actividad militar fuera de Europa fue escasa, excepto en el Próximo Oriente, también la guerra naval adquirió una dimensión mundial: la primera batalla se dirimió en 1914 cerca de las Islas Malvinas y las campañas decisivas, que enfrentaron a submarinos alemanes con convoyes aliados, se desarrollaron en el Atlántico Norte y medio.

La Primera Guerra comenzó como una guerra esencialmente europea desencadenada por el asesinato en la ciudad de Sarajevo, capital de Bosnia – Herzegovina, del archiduque Francisco Fernando –heredero del trono del Imperio Austrohúngaro-, en junio de 1914. Las pretensiones de Austria – Hungría sobre Serbia, su rechazo de la respuesta conciliatoria serbia y su ataque contra Belgrado condujeron a la movilización rusa en ayuda de su aliado serbio. Pero esto, a su vez, llevó al Estado Mayor prusiano a insistir en la inmediata puesta en práctica del Plan Schlieffen, es decir el ataque preventivo contra Francia, vía Bélgica, que tuvo además el efecto de hacer entrar en la guerra a los ingleses.

Inicialmente la guerra involucró a la Triple Alianza, constituida por Francia, Gran Bretaña y Rusia, y las llamadas Potencias Centrales: Alemania y Austria – Hungría. Serbia y Bélgica se incorporaron inmediatamente al conflicto como consecuencia del ataque austríaco contra la primera (que, de hecho, desencadenó el inicio de las hostilidades y del ataque alemán contra la segunda (que era parte de su estrategia guerra). Turquía y Bulgaria se alinearon poco después junto a las potencias centrales, mientras que en el otro bando la Triple Alianza dejó paso gradualmente a una gran coalición. En 1915, se compró la participación de Italia bajo la promesa de otorgarle territorio austrohúngaros que los italianos reivindicaban: El Trentino –en los Alpes- e Istria –sobre el mar Adriático-. La decisión italiana estuvo motivada más que por las posibles ganancias territoriales, por evitar que sus extensas y vulnerables costas quedaran a merced de las flotas anglo – francesas.  También tomaron parte en el conflicto Grecia, Rumania y, en menor medida, Portugal. Como era de esperar, Japón intervino casi en forma inmediata para ocupar posiciones alemanas en el Extremo Oriente y el Pacífico occidental, pero limitó sus actividades a esa región. Los Estados Unidos entraron en la guerra en 1917 y su intervención iba a resultar decisiva.

La Primera Guerra Mundial fue, ante todo y sobre todo, una guerra de ejércitos que sumaban millones de hombres. Tampoco antes se habían alineado tan enormes huestes para el combate. Nunca antes habían existido medios para mover el número de tropas, armarlas, mantenerlas provistas de víveres y municiones, a dirigir sus operaciones, etc. Los ejércitos de la Primera Guerra Mundial fueron ejércitos del pueblo. La proporción de soldados profesionales fue pequeña; la inmensa mayoría la formaban reservistas adiestrados sacados de nuevo de la vida civil, o reclutas novatos lanzados a la lucha, cualquiera que hubiese sido el tiempo durante el cual se les pudo preparar y adiestrar.

La guerra comenzaba con la orden de movilización. Cada Estado tenía un complejo plan para movilizar contra el adversario más probable. Cada uno de estos planes de movilización estaba sujeto a un plan general de operaciones para el despliegue de las tropas movilizadas, de manera que se asegurase su entrada en acción en las condiciones más ventajosas. La elección entre una ofensiva inmediata cuando se había completado el despliegue, y la permanencia a la defensiva esperando el ataque enemigo, se había hecho con anticipación. Cualquiera que fuese la decisión, de ataque o defensa, la movilización era automática una vez que se hubiese dado la orden; se consideraba que los cambios o dilaciones siguientes estaban fuera de cuestión. Por ende, la iniciación de las hostilidades se produciría cuando la dirección militar pudises persuadir a su correspondiente jefe de Estado que la necesidad militar exigía que se diese la orden de movilización, ya que una mayor dilación equivaldría a correr el riesgo de sufrir una derrota, al permitir que el adversario tomase una ventaja tal que probablemente, no se la podría superar.[ii]

Una vez que se daba la orden fatal no era posible volverse atrás. En consecuencia, las primeras semanas de la Gran Guerra presentaron el sorprendente espectáculo de inmensas mareas humanas, con todo y sus piezas de repuesto, funcionando en forma mecánica y avanzando, cuando menos de manera aproximada, según unos planes predeterminados e irreversibles (El Plan Schlieffen por parte de los alemanes y el llamado Plan XVII que los franceses  adoptaron en 1911 y que preveía la inmediata invasión de Alsacia y Lorena). Los millones de personas que constituían las máquinas rivales se comportaban casi como si hubiesen perdido la libertad e inteligencia individuales.

Pero los “planes predetermiandos e irreversibles” estaban viciados por la existencia de una creencia común: la ilusión de la batalla decisiva, bajo circunstancias estratégicas y materiales que favorecían la tácticas defensiva, hasta el punto de que había la certidumbre virtual de que a la primera pérdida de impulso seguiría un sangriento estancamiento. Tal era, en forma más definida, la situación en el Oeste, donde los ejércitos, que al comienzo sumaban 3.700.000 hombres, se amontonaban en un estrecho frente que se extendía desde la neutral Suiza hasta el Canal de la Mancha. En el Frente Occidental una guerra de maniobras que terminase con una batalla decisiva quedaba más allá de toda razonable esperanza, excepto para los estrategas que la dirigían y que tenían, como modelo, las experiencias de 1866 y 1870. En lugar de ello, debieron afrontar la consolidación de posiciones fortificadas, con flancos imposibles de rodear y la conversión de la hipótesis de lograr una batalla decisiva en la más desagradable quimera de que la decisión podría aun logrársela por medio de la ruptura del frente, que nunca se produjo, a esta ilusión se sacrificaron en vano millones de vidas. En el Este, donde los rusos, siguiendo su práctica tradicional, podían trocar tiempo por espacio, había más campo para maniobrar, pero no había mejores perspectivas de que se produjera la batalla decisiva, mientras que la capacidad de los rusos para lanzar hombres al holocausto siguiera unida a su capacidad de poner armas en las manos de los nuevos reclutas.

Los alemanes se encontraron con una posible guerra en dos frentes, además del de los Balcanes al que les había arrastrado su alianza con Austria – Hungría (Sin embargo, el hecho de que tres de las cuatro potencias centrales pertenecieran a esa región –Turquía, Bulgaría y Austria- hacía que el problema estratégico que planteaba fuera menos urgente). El plan alemán consistía en aplastar rápidamente a Francia en el Oeste y luego actuar con la misma rapidez en el Este para eliminar a Rusia antes de que el imperio del zar pudiera organizar con eficacia todos sus ingentes efectivos militares. Al igual que ocurriría posteriormente, la idea de Alemania era llevar a cabo una campaña relámpago porque no podía actuar de otra manera.

El plan estuvo a punto de verse coronado por el éxito. El ejército alemán penetró en Francia por diversas rutas, atravesando entre otros el territorio de la Bélgica neutral, y sólo fue detenido a algunos kilómetros al Este de París, en el río Marne, cinco o seis semanas después de que se hubieran declarado las hostilidades. A continuación, se retiraron ligeramente y ambos bandos –los franceses apoyados por lo que quedaba de los belgas y por un ejército de tierra británico que muy pronto alcanzó grandes proporciones- improvisaron líneas paralelas de trincheras y fortificaciones defensivas que dejaron en manos de los alemanes una extensa zona de la parte oriental de Francia y Bélgica. Las posiciones apenas se modificaron durante los tres años y medio siguientes.

Ese era el “Frente Occidental”, que se convirtió probablemente en la maquinaria más mortífera que había conocido hasta entonces la historia del arte de la guerra. Millones de hombres se enfrentaban desde los parapetos de las trincheras formadas por sacos de arena, bajo los que vivían como ratas y piojos (y con ellos). De vez en cuando, sus generales intentaban poner fin a esa situación de parálisis. Durante días, o incluso semanas, la artillería realizaba un bombardeo incesante para ablandar al enemigo y obligarle a protegerse en los refugios subterráneos hasta que en el momento oportuno oleadas de soldados emergían por encima del parapeto, protegido por alambres de púa, hacia “la tierra de nadie” que separaba las hileras de trincheras, compuesta por un caos de cráteres de obuses anegados, troncos de árboles caídos, barro y cadáveres abandonados, para lanzarse hacia las ametralladoras que, como ya sabían, iban a cortar sus vidas.

Entre febrero y julio de 1916 los alemanes intentaron sin éxito romper la línea defensiva en Verdún, en una batalla en la que se enfrentaron dos millones de soldados y en la que hubo un millón de bajas. La ofensiva británica en el Somme, cuyo objetivo era obligar a los alemanes a desistir de la ofensiva en Verdún, costo a Gran Bretaña 420.000 muertos (60.000 sólo el primer día de batalla).

No es sorprendente que para los británicos y los franceses, que lucharon durante la mayor parte de la Primera Guerra Mundial en el Frente Occidental, aquella fuera la “Gran Guerra”, más terrible y traumática que la siguiente guerra mundial. Los franceses perdieron casi el 20% de sus hombres en edad militar, y si se incluye a los prisioneros de guerra, los heridos y los inválidos permanentes y desfigurados –los gueules cassés (caras partidas) que al acabar las hostilidades serían un vívido recuerdo de la guerra-, sólo algo más de un tercio de los soldados franceses salieron indemnes del conflicto. Esa misma proporción puede aplicarse a los cinco millones de soldados británicos. Gran Bretaña perdió una generación, medio millón de hombres que no habían cumplido aún los treinta años, en su mayor parte de las capas altas, cuyos jóvenes, obligados a dar ejemplo de su condición de oficiales, avanzaban al frente de sus hombres y eran, por tanto, los primeros en caer. Una cuarta parte de los alumnos de Oxford y Cambridge de menos de 25 años que sirvieron en el ejército británico en 1914 perdieron la vida. En las filas alemanas, el número de muertos fue mayor aún que en el ejército francés, aunque fue inferior la proporción de bajas en el grupo de población en edad militar, mucho más numeroso (13%). Incluso las pérdidas aparentemente modestas de los Estados Unidos 116.000, frente a 1,6 millones de franceses, casi 800.000 británicos y 1,8 millones de alemanes) ponen de relieve el carácter sangriento del frente occidental, el único en que lucharon y tan sólo durante un año y medio.[iii]     

La Primera Guerra Mundial ha quedado inigualada en cuento a sangrientos sacrificios para alcanzar logros militares por demás mezquinos. Casi todas las grandes ofensivas encallaron en una misma razón: la potencia de fuego de la artillería no podía destruir a la infantería ni a las ametralladoras protegidas en profundos refugios. Cada vez que los jefes planeaban un nuevo ataque, aseguraban que habría suficiente preparación de artillería o que esta vez no iba a quedar ninguna ametralladora en posición. Pero siempre las había. A medida que este proceso seguía absorbiendo vidas humanas, las ya extintas pesaban abrumadoramente sobre gobiernos y generales, imponiéndoles la terrible responsabilidad de demostrar que no habían sido inmoladas en vano, y para ello, en la siguiente ocasión, debían vencer empleando el mismo método. Poca fue la imaginación que se empleó en la búsqueda de otras formas de proceder para conseguir la victoria, y los hombres cuyo prestigio se basaba en la justificación de tantos sacrificios ya hechos, atacaban enconadamente a quienes sugerían que se probase un nuevo procedimiento.[iv]

Mientras el Frente Occidental se sumía en una parálisis sangrienta, la actividad proseguía en el Frente Oriental. Los alemanes pulverizaron a una pequeña fuerza invasora rusa en la batalla de Tannenberg en el primer mes de la guerra y a continuación, con la ayuda intermitente de los austríacos, expulsaron de Polonia a los ejércitos rusos. Pese a las contraofensivas ocasionales de estos últimos, era evidente que las potencias centrales dominaban la situación y que, frente al avance alemán, Rusia se limitaba a una acción defensiva en retaguardia.

En 1915, los anglo-franceses intentaron dar un audaz acto de imaginación estratégica: valerse de la movilidad por mar, para descargar un golpe anfibio contra los Dardanelos. Pero no aprestaron recursos suficientes para asegurar el triunfo a tiempo, no se logró la ventaja de la sorpresa inicial y los sucesivos refuerzos llegaron gota a gota. En Francia, quienes dirigían la guerra de trincheras se resistían a mandar hombres y municiones a los Dardanelos, porque consideraban que era casi criminal distraer fuerzas del “frente decisivo”. Sin embargo, el objeto principal de la operación era abrir una línea directa de abastecimiento para Rusia, muy necesitada de armas y municiones. Estas sólo podía facilitárselas la industria occidental, y solamente abriendo el mar Negro a la navegación era como podían llegar a Rusia en volumen suficiente. Si se hubiese hecho esto, Rusia hubiese podido muy bien librar la guerra a base de una “diversión estratégica” de un puñado de divisiones alemanas, con la cual se hubiese podido mantener combatiendo a todo el ejército ruso y que hubiese demostrado ser tan eficiente como cualquier otra operación de las que registra la historia bélica.

El problema para ambos bandos residía en cómo conseguir superar la parálisis en el Frente Occidental, pues sin la victoria en el oeste ninguno de los dos podía ganar la guerra, pero poseyendo cada bando millares de soldados desparramados en cientos de millas de territorio, era difícil (imposible en la Europa Occidental) lograr una solo victoria decisiva a la manera de Jena o de Sadowa; incluso una “gran ofensiva”, metódicamente proyectada y preparada con meses de anticipación, se desintegraba usualmente en cientos de acciones bélicas a pequeña escala e iba, también generalmente, acompañada de una ruptura casi total de las comunicaciones.

Si bien la línea del frente podía avanzar o retroceder en ciertos sectores, la falta de medios para conseguir una verdadera penetración permitía a cada bando movilizar y traer reservas, más granadas, alambre de púa y artillería, a tiempo para el próximo choque que acabaría en un punto muerto. Hasta un período más avanzado de la guerra, ningún ejército fue capaz de descubrir la manera de hacer pasar sus propias tropas a través de las defensas enemigas, con frecuencia de seis kilómetros de profundidad, sin exponerse a devastadores contrataques o destrozando tanto el suelo con bombardeos previos que era difícil avanzar. Incluso cuando un ocasional ataque por sorpresa rompía las primeras líneas enemigas de trincheras, no había un equipo especial para explotar esta ventaja; las vías férreas estaban a kilómetros en retaguardia, la caballería era demasiado vulnerable (y dependiente de los suministros de forraje), los soldados de infantería no podían ir muy lejos y la actividad vital de la artillería era limitada por los largos convoyes de carros tirados por caballos.

Por otra parte, la guerra naval se encontraba en un punto muerto. Los aliados controlaban los océanos, donde sólo tenían que hacer frente a algunos ataques aislados, pero en el mar del Norte las flotas británica y alemana se hallaban frente a frente totalmente inmovilizadas. El único intento de entrar en batalla, se produjo en 1916, en Jutlandia, y concluyó sin resultado decisivo, pero en la medida que recluyó en sus bases a la flota alemana, puede afirmarse que favoreció a los aliados. La perspectiva de más encuentros era reducida por la amenaza planteada a los barcos de guerra por las minas, los submarinos y los ataques de aviones o  zepelines. Los comandantes navales de ambos bandos fueron cada vez más reticentes a sacar sus flotas, a menos (circunstancia sumamente improbable) que supiesen que barcos enemigos se acercaban a la propia costa.

Ambos bandos confiaban en la tecnología. Los alemanes –que siempre se habían destacado en el campo de la química- fueron los primeros en utilizar gas tóxico en el campo de batalla, donde demostró ser monstruoso e ineficaz, dejando como secuela el único auténtico acto de repudio oficial humanitario contra una forma de hacer la guerra, la Convención de Ginebra de 1925, en la que el mundo se comprometió a no utilizar la guerra química. En efecto, aunque todos los gobiernos continuaron fabricando armas químicas y creían que el enemigo la utilizaría, ninguno de los bandos recurrió a su empleo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque los sentimientos humanitarios no impidieron que los italianos, españoles y japoneses emplearan gases tóxicos en sus guerras coloniales.

Ambos bandos usaron los nuevos y todavía frágiles aeroplanos y Alemania utilizó curiosas aeronaves en forma de cigarro (los zepelines), cargadas de helio, para experimentar el bombardeo aéreo, aunque afortunadamente sin mucho éxito. Si bien cuando, en 1918, la aviación comenzó a ser utilizada con imaginación proporcionó algunos resultados efectivos, no sólo como localizadora para la artillería o en misiones de reconocimiento, sino también interviniendo directamente en misiones de apoyo a los combates en tierra utilizando bombas y ametralladoras, en esta guerra el avión no alcanzó a jugar un papel decisivo.

También se utilizó la innovación tecnológica en las tácticas terrestres. El blindado fue la respuesta a la ametralladora, las trincheras y la trampa mortal que constituía la temible “tierra de nadie”, al dar al soldado atacante un medio protegido de maniobra. Pero los estrategas tradicionales, que tenían en su haber una pesada carga de vidas humanas inmoladas en estériles ofensivas, seguían mostrándose reacios a admitir la posibilidad de que existieran mejores medios, con la inevitable inferencia de que esta mejor forma hubieses debido ser creada antes. El tanque fue sugerido a finales de 1914; se lo diseño, en embrión, en 1915, y entró en combate en setiembre de 1916, aunque en pequeño número. No fue sino hasta noviembre de 1917 que los tanquistas británicos fueron autorizados –en Cambrai- a organizar un ataque blindado en gran escala, que pudo haber sido un éxito completo si el Alto Mando lo hubiese hecho continuar hasta el fin aprovechando las reservas disponibles. Sin embargo, hasta el año 1918 el tanque no hizo su entrada en el campo de batalla del Frente Occidental.

La única arma tecnológica que tuvo importancia para el desarrollo de la Gran Guerra fue el submarino, pues ambos bandos, al no poder derrotar al ejército oponente en el campo de batalla, trataron de provocar el hambre entre la población enemiga. Dado que Gran Bretaña recibía por mar todos los suministros, parecía posible provocar el estrangulamiento de las Islas Británicas mediante una actividad cada vez más intensa de los submarinos contra los navíos mercantes aliados. La campaña de ataques submarinos contra el comercio era lenta y agotadora, y sus verdaderos éxitos podían mediarse comparando el tonelaje de los barcos mercantes hundidos con el de los construidos en los astilleros aliados y, además, con el número de submarinos destruidos. No era una forma de guerra que prometiese rápidas victorias.[v]

No obstante, la campaña estuvo a punto de triunfar en 1917, antes de que fuera posible contrarrestarla con eficacia, pero fue el principal argumento que motivó la participación de los Estados Unidos en la guerra. Por su parte, los británicos trataron por todos los medios de impedir el envío de suministros a Alemania a fin de asfixiar su economía de guerra y provocar el hambre entre su población. Tuvieron más éxito de lo que cabía esperar, pues, la economía de guerra alemana no funcionaba con la eficacia y racionalidad de la que se jactaban los germanos. No puede decirse lo mismo de la maquinaria militar alemana que era muy superior a todas las demás.

La superioridad del ejército alemán como fuerza militar podía haber sido decisiva si los aliados no hubieran podido contar a partir de 1917 con los recursos prácticamente ilimitados de los Estados Unidos. Su fuerza productiva, fomentada por los pedidos de guerra aliados por miles de millones de dólares, no tenía igual. Su potencia industrial total y su parte en la producción manufacturera mundial eran dos veces y media más grandes que la que poseía la economía alemana. Podía construir cientos de buques mercantes, exigencia vital en un año en que los submarinos hundían mensualmente más de 500.000 toneladas de navíos británicos y aliados. Podía construir destructores en el asombroso tiempo de tres meses. Producía la mitad de las exportaciones mundiales de comestibles, que ahora podían ser enviados a Francia y a Italia, lo mismo que a su tradicional mercado británico.

Por consiguiente, en términos de poder económico, la intervención de los Estados Unidos en la guerra transformó completamente los equilibrios y compensó sobradamente el colapso de Rusia en la misma época.[vi]

Alemania, a pesar de la carga que suponía la alianza con Austria alcanzó la victoria total en el este, consiguió que el Imperio Zarista abandonara las hostilidades, y precipitó a Rusia en la revolución y en 1917 – 1918 le hizo renunciar a una gran parte de sus territorios europeos. Poco después de haber impuesto a Rusia unas duras condiciones de paz en Brest-Litovsk (marzo de 1918), el ejército alemán se vio con las manos libres para concentrarse en el oeste y así consiguió romper el frente occidental y avanzar de nuevo sobre París. Aunque los aliados se recuperaron gracias al envío masivo de refuerzos y pertrechos desde los Estados Unidos, durante un tiempo pareció que la suerte de la guerra estaba decidida. Sin embargo, era el último esfuerzo de una Alemania al borde de la derrota. Cuando los aliados comenzaron a avanzar en el verano de 1918, la conclusión de la guerra fue sólo cuestión de una pocas semanas.

Las potencias centrales no sólo admitieron la derrota sino que se derrumbaron. En el otoño de 1918, la revolución estalló en toda la Europa central y suroriental, como un año antes había barrido a Rusia.

La Gran Guerra terminó el 11 de noviembre de 1918. Había durado 1.563 días, había acabado con las vidas de alrededor de diez millones de soldados, herido a veinte millones más y devorado más de trescientos mil millones de dólares de las reservas mundiales. Destruyó imperios y destruyó dinastías: los Hohenzollern en Alemania, los Hausburgo en Austria, los Romanov en Rusia. En las horas finales de la guerra, nacían nuevos regímenes en Viena, Varsovia, Budapest, Praga y Dublín, mientras los revolucionarios lanzaban vivas en las calles de Berlín y San Petersburgo.

Una extraña quietud se instaló en los frentes de batalla, un amargo heraldo de dos décadas de tenso armisticio en la guerra de los Treinta Años del siglo XX.

Refiriéndose al balance de la Gran Guerra, el historiador militar Paul Kennedy anota lo siguiente: “Aunque sería completamente equivocado sostener que el resultado de la Primera Guerra Mundial estaba predeterminado, las pruebas presentadas aquí sugieren que el desarrollo total de aquel conflicto –el primitivo punto muerto entre los bandos, la ineficacia de la participación italiana, el lento agotamiento de Rusia, el carácter decisivo de la intervención americana para mantener las presiones aliadas, y el colapso de las potencias centrales- estuvo íntimamente relacionado con la producción económica e industrial y con las fuerzas eficazmente movilizadas que cada alianza tuvo a su disposición durante diferentes fases de la lucha. Desde luego, los generales tuvieron que dirigir (o mal dirigir) sus campañas, las tropas tuvieron que apelar al valor moral de los individuos para atacar las posiciones enemigas, y los marinos tuvieron que soportar la guerra en el mar; pero la Historia indica que estas cualidades y talentos existieron en ambos bandos y no fueron disfrutados en medida desproporcionada por una de las coaliciones. Lo que fue disfrutado por un bando, particularmente después de 1917, fue una marcada superioridad en fuerzas productivas. Como en anteriores y largas guerras de coalición, aquel factor resultó, al fin, decisivo.”[vii]    


                                                                                                                                                                                                         
                                                                                                                                                                                                                 



[i] HOBSBAWN, E. J.: “Historia del siglo XX”  Ed. Crítica. Bs. As. 1999. Pág. 30
[ii] ELIOT, George Fielding: “Panorama general de la guerra”, en Vicent J. Esposito, “Breve historia de la Primera Guerra Mundial”, Ed. Diana, México, 1979, Págs. 17 a 48, Pág. 21.
[iii] HOBSBAWN, E. J.: Op. Cit. Pág. 34 y 35
[iv] FERRO, Marc: “La gran guerra 1914 – 1918” Ed. Alianza, Madrid, 1970. Pág. 34.
[v] KENNEDY, Paul: “Auge y Caída de las Grandes Potencias” Ed. Plaza & Janes / Cambio 16. Barcelona 1988. Pág. 329.
[vi] KENNEDY, Paul: Op. Cit. Pág. 342.
[vii] KENNEDY, Paul: Op. Cit. Pág. 346