domingo, 19 de octubre de 2014

PELIGRA LA GOBERNABILIDAD EN ARGELIA


UNA GOBERNABILIDAD COMPROMETIDA

Argelia, uno de los más importantes países del Magreb, enfrenta en estos días una seria crisis de gobernabilidad ocasionada por las protestas llevadas a cabo por su personal policial.

Esta antigua colonia francesa es, desde la división de Sudán el 9 de julio de 2011, el país más extenso de África y el onceavo del mundo -2.381.740 km²-, con una población de más de 35 millones de personas.

Argelia es uno de los mayores exportadores mundiales de gas cuyos recursos son de valor estratégico para los países del sur de Europa. Precisamente, España, Italia y Francia son los principales compradores del gas argelino del cual se abastecen a través del gasoducto Magreb – Europa vía Marruecos, pero también por mar, mediante buques que transportan en tanques el gas licuado. El 97% de los ingresos argelinos provienen precisamente de sus exportaciones de hidrocarburos.

En este país, donde las industrias son escasas e impera la pobreza y la desocupación, las manifestaciones públicas están prohibidas y quienes intentan expresar su descontento son duramente reprimidos por las autoridades, se ha producido el hecho insólito de una semana de continuas protestas llevadas a cabo por policías que reclaman airadamente contra su gobierno en las principales ciudades del país, algo que Argelia no vivía desde los tiempos de la Primavera Árabe en 2011.

EL FRACASO DE LA PRIMAVERA ÁRABE

Después de  la sublevación popular que terminó con el régimen dictatorial del presidente Zine El Abidine Ben Alí, en el poder en Túnez desde 1987, las protestas populares estallaron en Argelia antes que en Egipto y el resto del mundo árabe pero no prosperaron.

En realidad, el clima social en Argelia, antes del estallido de la crisis tunecina, se encontraba enrarecido por un sinfín de pequeñas protestas sectoriales y locales que nunca lograron conectarse entre sí para gestar una alternativa de cambio. El mal humor social estaba causado por las deficiencias educativas y sanitarias, los graves problemas de vivienda, el incremento de la pobreza y la marginalidad, la creciente corrupción gubernamental, pero especialmente por la falta de oportunidades laborales para miles de jóvenes profesionales.

El 28 de diciembre de 2010, once días después de la inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi y cuando Ben Alí aún se mantenía firme en el poder, una manifestación que reclamaba por las carencias habitacionales recorrió las calles de Argel generando serios incidentes con la policía.

El 3 de enero de 2011, el brusco incremento de los precios subsidiados de los productos de primera necesidad que consume la población de bajos recursos desencadenó una ola de violentas protestas en las ciudades de Argel y Orán –la segunda en importancia del país-. Las protestas pronto se extendieron al resto de las ciudades situadas en la franja norte del territorio argelino. Los manifestantes solían bloquear las calles incendiando neumáticos al tiempo que saqueaban los edificios gubernamentales.

Para calmar los ánimos, las autoridades anunciaron, el día 8 de enero, la suspensión de los incrementos en los productos alimentarios básicos. Simultáneamente, la policía intensificó la represión de las protestas encarcelando a quienes identificaban como sus promotores. A estas alturas se había registrado al menos la muerte de tres manifestantes, otros 800 habían resultado heridos y las autoridades tenían encarcelados a mil revoltosos.

Los descontentos incrementaron la tensión la inmolarse al estilo “bonzo”, al menos cuatro personas perdieron la vida en esta horrible forma de protesta, en su mayoría se trataba de jóvenes padres de familia desesperanzados por la grave crisis económica y la falta de posibilidades de un futuro mejor.

Las protestas, hasta ese momento en gran medida espontáneas, comenzaron a ser capitalizadas por los sectores opositores al presidente Bouteflika. El anciano presidente argelino (1937), era el último de los representantes de la generación que llevó a Argelia a la independencia en 1962. Nacido y educado en Marruecos, Bouteflika se mantenía en el poder, desde 1999, con el apoyo de las fuerzas armadas.

El 21 de enero los sectores opositores se nuclearon en una Coordinadora Nacional para el Cambio y la Democracia (CNCD) para dar un contenido más político a las protestas.

Sin embargo, las autoridades, empleando un multitudinario cuerpo policial, lograron neutralizar todos los intentos de generalizar las manifestaciones por parte de la CNCD a partir de fines de enero y febrero, en muchas ocasiones apelando a concentrar un número tal de efectivos policiales que superaba a los manifestantes.

Los indignados argelinos no consiguieron apropiarse de un espacio urbano emblemático, como lo fue la plaza Tahrir en El Cairo, desde el cual difundir al mundo su lucha. Ni siquiera en la Cabilla llegó a conformarse un núcleo de resistencia popular. En Argelia ni los jóvenes desesperanzados y disconformes con el gobierno ni los sectores de la oposición política tradicional fueron capaces de articular una masa crítica capaz de convertir su rebelión en una revuelta generalizada contra el régimen, tal como ocurrió en Túnez, Egipto o Libia.

El 24 de febrero, el gobierno, para descomprimir la situación, levantó el estado de emergencia vigente desde 1992, privando a la oposición de su mejor argumento de lucha. Mientras tanto, la CNCD trataba infructuosamente de articular una hoja de ruta para conducir al país hacia una transición democrática. A lo largo del mes de marzo la protesta dio signos de estarse agotando.

El 15 de marzo, con la situación prácticamente controlada, las autoridades retomaron la iniciativa política, el presidente Bouteflika anunció un conjunto de medidas y enmiendas al texto constitucional destinadas a “reforzar la democracia representativa”. Estas medidas consistían esencialmente en modificaciones a la legislación electoral, al régimen de partidos políticos, a las normativas que regían la actividad de las ONGs y también de los medios de comunicación. A partir de ese momento quedó sepultado todo asomo de transición democrática en Argelia.

LA “PRIMAVERA POLICIAL”

Las protestas del personal policial argelino comenzaron en la provincia de Ghardaïa, situada en el centro de Argelia, a unos 600 km al sur de Argel. Se trata de una región que es escenario de continuos enfrentamientos entre las tribus mozabitas de extracción bereber y los chaâmbas de origen árabe.

Los mozabitas son un grupo amazigh que habita en la región de M'zab en el norte del Sáhara. Hablan una lengua propia, el mozabita –Tumzabt-, una dialecto del grupo Zemab de las lenguas bereberes. Practican una rama del Islam, ibadíes musulmanes, diferentes a los suníes. La capital del M'zab es, precisamente, la ciudad de Ghardaïa que tiene una población de 100.000 personas.

En esta región, particularmente azotada por los problemas de desempleo y pobreza, los mozabitas suelen padecer la discriminación de las autoridades argelinas y la agresión de la población árabe. Curiosamente el gobierno argelino que tanto apoyo diplomático y económico brinda a los separatistas marroquíes del Frente Polisario ignora todos los pedidos de autonomía de su minoría mozabita.

El detonante de la actual crisis se produjo, el pasado 12 de octubre, en la localidad de Beniame, situada a unos 40 km al norte de Ghardaïa, y comenzó con una disputa sobre la propiedad de una vivienda. El hecho desató la ira de un grupo de jóvenes mozabitas que comenzaron a lanzar piedras y bombas incendiarias –del tipo Molotov- contra las oficinas del gobierno local. La policía reprimió a los manifestantes con energía para frenar la violencia pero no pudo impedir la quema de varios contenedores y el saqueo de una docena de locales comerciales.

En los incidentes, la policía sufrió la muerte de un agente y decenas de oficiales gravemente heridos. Fue entonces cuando los policías, reaccionaron contra lo que consideraban la indiferencia de sus mandos que les ordenaban enfrentar a los manifestantes con medios insuficientes.

El lunes 13, se llevó a cabo, en Ghardaïa, una primera e improvisada marcha que pronto sumó a más de 1.500 efectivos policiales provenientes de las 28 regiones del país. Las exigencias eran claras. Los policías consideraban que no disponían de los recursos necesarios para llevar a cabo correctamente y con seguridad sus tareas.

Pronto las protestas alcanzaron a la ciudad de Argel donde los policías marcharon, coreando sus quejas y entonando el himno nacional, hasta el palacio El Mouradia, sede del Gobierno. Allí insistieron en entregar un petitorio demandando la creación de un sindicato que los represente, el incremento de sus salarios a 700 euros mensuales –hoy ganan algo menos de la mitad- y otras mejoras laborales, que hacen un total de 19 reclamos.

¿Y DÓNDE ESTÁ EL PILOTO?

La crisis policial puso en primer plano el verdadero problema institucional por el que atraviesa Argelia: su anciano presidente no puede ejercer efectivamente el poder desde hace meses. Pese a haber sido elegido presidente por cuarta vez consecutiva en abril pasado, Abdelaziz Buteflika, de 77 años, no se encuentra en condiciones de ejercer su cargo desde que en 2013 padeció un derrame cerebral que obligó a su internación hospitalaria, en Francia, durante meses. Desde entonces ha aparecido en público en muy contadas ocasiones –tan solo tres veces- e incluso no pudo asistir al tradicional rezo en la gran mezquita de Argel en la conmemoración de la fiesta del cordero.

Aunque el poder se mantiene férreamente en manos del Ejército, el régimen argelino se debate en la incertidumbre con un presidente incapacitado, mientras sufre los embates del terrorismo yihadista y crece el descontento en distintos sectores de la sociedad. La crisis policial no ha hecho otra cosa que mostrar el grado de deterioro que hoy sufren incluso las propias bases del gobierno argelino y hacen temer a los expertos occidentales por la estabilidad de un país clave para Europa por sus abastecimientos de petróleo y gas, como así también por las dimensiones de su territorio. Todo ello, mientras en la región se multiplican los focos de tensión: desarrollan los conflictos militares que afectan a Libia, Siria e Irak, avanza la pandemia de ébola hacia el norte  de África y crece el flujo de inmigrantes africanos que llegan a las costas europeas.