lunes, 4 de agosto de 2014

¿PORQUE NO ADELANTAR LAS ELECCIONES?


LA TENDENCIA FUNDACIONAL EN LA POLÍTICA ARGENTINA

En Argentina, los políticos cuando llegan al gobierno suelen adoptar en su gestión un tono fundacional. Es decir, en la etapa inicial de su gobierno, cuando gozan de un amplio consenso, y especialmente si la economía atraviesa por una etapa de prosperidad y crecimiento, los gobernantes parecen renegar del principio de continuidad jurídica del Estado. En otros casos esta negación de la continuidad está originada por el hecho evidente de que el gobierno precedente fue tan caótico y nefasto que, los nuevos habitantes de la Casa Rosada buscan establecer claras diferencias con sus antecesores.

En la mayoría de los casos quienes así proceden suelen olvidar que formaron parte de los elencos gubernamentales del pasado y que tienen claras responsabilidades en los hechos de los cuales están renegando.

En síntesis, en Argentina los nuevos gobiernos al asumir suelen presentarse como algo nuevo y superador de los errores y males del pasado.

Así, muchos nuevos gobernantes parecen sentir que están viviendo en 1810 y por tanto gestando una nueva república o al menos, un nuevo orden social y político. En algunos casos incluso, a los efectos de acentuar esa ruptura con el pasado, declaran muy sueltos de cuerpo que están llevando a cabo una “revolución”.

TODO COMENZÓ EN 1916

Probablemente la tendencia fundacional en Argentina comenzó en 1916 cuando Hipólito Yrigoyen llegó a la presidencia por aplicación de la Ley Sáenz Peña que aseguró la pureza de los procesos electorales. El célebre “Peludo” comenzó por identificar al radicalismo con “la causa nacional” que venía a poner fin al “régimen falaz y descreído” que había gobernado el país los últimos cincuenta años. Es decir, los presidentes que habían construido al Estado Nacional e inaugurado una prolongada etapa de crecimiento económico que no habría de repetirse desde entonces.

La verdad que más allá de la retórica –hoy diríamos del “relato”- el radicalismo en el poder afortunadamente se diferenció muy poco de los gobiernos que lo precedieron. Es cierto que se efectuaron algunos cambios cosméticos, se renovaron los elencos dirigentes y se amplió la participación política a los sectores medios de la sociedad, pero nada más. El radicalismo no implicó ninguna transformación profunda en las relaciones de poder internas ni en la inserción internacional del país. En síntesis, el radicalismo ni fundó una nueva república ni llevó a cabo una revolución.

LAS REFUNDACIONES MILITARES

La pretensión fundacional resurgió en 1930 cuando el general José F. Uriburu desalojó a los radicales del gobierno. Lo primero que hizo el general golpista fue anunciar que venía a poner fin a los abusos creados por la Ley Sáenz Peña y la corrupción del personalismo yrigoyenista. En nombre de la moralidad política, Uriburu creía que bastaba un golpe de Estado llevado a cabo por un minúsculo grupo de militares –esencialmente cadetes del Colegio Militar de la Nación- para poder cambiar el sistema institucional del país gestando un régimen corporativo de inspiración fascista. Como esas ideas eran extrañas al sentir de la mayoría del pueblo argentino, Uriburu y el grupúsculo de nacionalistas que lo rodeaban pronto se encontraron aislados y cuestionados por los propios militares que habían tolerado pasivamente sus atropellos a la constitución. Finalmente primó la cordura, en un arrebato de racionalidad, Uriburu convocó a unas elecciones fraudulentas, que llevaron a la presidencia al general Agustín P. Justo y se retiró discretamente a morir en París.

Así, lo único que Uriburu logró fundar fue una era de golpes de Estado y protagonismo político de los militares que asolaría a las instituciones del país por los siguientes sesenta años.

En 1943, se produjo un nuevo cuartelazo que también prometió moralizar al país. Esta vez los militares, conscientes o no de lo que hacían, sí dieron origen a cambios más profundos y duraderos en las instituciones del país. En 1946, un militar salido de las filas revolucionarias logró formar una nueva coalición de fuerzas políticas que le otorgó un protagonismo central en el escenario nacional por los siguientes treinta años. En esta forma se gestó “La Nueva Argentina de Perón y Evita” como insistiría hasta el hartazgo la propaganda oficial del momento.

Lo cierto es que el peronismo fue el único gobierno que, de alguna forma, estuvo más cerca de introducir un cambio en el orden social y político vigente. Nuevas leyes sociales y laborales, sumadas a una reforma constitucional, apuntaron hacia esa transformación. Lamentablemente, en el peronismo quienes conducían al Estado comenzaron a comportarse como jueces de la vida de los argentinos determinando que se debía hacer o pensar. El Estado se convirtió en un gran empresario que no debía preocuparse por ser eficiente sino por crear y mantener “fuentes de trabajo”. En nombre de la justicia social los funcionarios públicos se convirtieron en árbitros de la economía con facultades para determinar que empresas debían obtener ganancias y cuales eran condenadas a la bancarrota.

Los dirigentes sindicales, hasta entonces obreros que representaban a otros obreros en la lucha por obtener mejoras salariales y laborales, se transformaron en burócratas al servicio del partido gobernantes. Con el tiempo, los gremialistas irían cada adquiriendo el carácter de empresarios, más dispuestos a negociar con el Estado para mantener sus privilegios, que en defender los intereses de los obreros.

Por último, el peronismo inauguró la era del clientelismo más descarado. Dirigentes nacionales y punteros barriales comenzaron a crear una red de lealtades políticas estructuradas sobre la base del intercambio de “ayuda social” por votos. Las movilizaciones masivas dejaron de ser expresiones de la voluntad popular parar pasar a constituir una demostración del poder de convocatoria de los distintos aparatos políticos ante su líder. Al mismo tiempo, los adversarios políticos se convirtieron en enemigos que no merecían “ni justicia”.

Los liderazgos políticos, y hasta los más altos cargos públicos, pasaron a transformarse en una suerte de “bienes gananciales” que los dirigentes graciosamente compartían con sus consortes del momento.

El presidente de la República dejó de ser un ciudadano electo por el voto de otros ciudadanos para convertirse en “el gran conductor” de una revolución en marcha y, por tanto, en el único interprete del destino de la Nación.

Pero, como el poder absoluto termina por corromper al más pintado, finalmente en 1955 llegó la “Revolución Libertadora” que prometió poner fin a la “Segunda Tiranía” –recordemos a los lectores más jóvenes que, en esta interpretación, la primera tiranía fue el gobierno de Juan Manuel de Rozas-. Pero lo único significativo que hicieron los revolucionarios del 55 fue fusilar a los revolucionarios del 56. No sólo les fue imposible terminar con el peronismo sino que acabaron anulando ilegalmente la constitución, estableciendo una nueva proscripción y entregando el poder a un presidente –Arturo Frondizi- que había pactado su ingreso a la Casa Rosada precisamente con Perón. Otro éxito de un golpe de Estado militar.

Así, de planteo militar en planteo militar el país arribó a 1966, cuando el general Juan Carlos Onganía y sus camaradas de armas decidieron instaurar “La Revolución Argentina”. Esta vez los militares habían llegado para quedarse –al menos hasta que Perón se muriera en su exilio madrileño, por aquello de muerto el perro…- Después de todo si Francisco Franco llevaba treinta años gobernando a  España, Onganía bien podía hacer los mismo durante los siguientes veinte.

Afortunadamente, Argentina no era España, ni Onganía era Franco. El adusto y solemne general de los grandes bigotes se mantuvo en el poder por escasos cuatro años. Una combinación de movilizaciones populares, acciones terroristas y conspiraciones militares lo forzaron a renunciar. Le sucedieron otros generales –Levinston y Lanusse- que trataron infructuosamente de emparchar el proceso militar hasta que los hechos los obligaron a aceptar lo inaceptable: es decir, el retorno de Perón.

En mayo de 1973, dio comienzo un nuevo proceso fundacional que esta vez se hizo bajo el lema de “La Argentina Potencia”. Se inició con el “gobierno nacional y popular” del dentista Héctor J. Cámpora que se prolongó por interminables 49 días y siguió con el retorno del “Primer Trabajador” a la Rosada.

Perón aseguró que retornaba como “un león herbívoro”, sin embargo se hizo tiempo para inaugurar el terrorismo de Estado de la mano de la Triple A y para dejarle el país como herencia a su esposa María Estela Martínez Carta. Perón partió hacia la eternidad dejando tras de sí un país en llamas. Posiblemente, él no inició el incendio pero tampoco contribuyó a apagarlo.

Fue entonces cuando los “jóvenes idealistas”, en un arranque más de infantilismo revolucionario, creyeron que había que “agudizar las contradicciones” para que el pueblo tomara verdadera conciencia de quien defendía sus intereses. Para ello comenzaron a asesinar militares, atacar cuarteles y hasta trataron de convertir a los montes tucumanos en una nueva “Sierra Maestra”. Juventud maravillosa…

En la confrontación de aparato militar contra aparato militar triunfó el que más “fierros” tenía; pero en la lucha política los “imberbes” encontrarían su compensación. Los militares entraron en su juego y pusieron fin a las instituciones democráticas, sin medir que al hacerlo perdían la legitimidad de su lucha.

En marzo de 1976, comienza una nueva utopía fundacional. Como la palabra “revolución” podía llevar a equívocos en ese momento, los militares decidieron bautizar su intervención como “Proceso de Reorganización Nacional”, un nombre algo pomposo pero que pone de relieve cuál era su pensamiento. El resultado de esta reorganización es bien conocido: casi siete mil “muertos – desaparecidos”, la generalización de la tortura, niños apropiados a quienes se les robo su identidad y el amor de sus familias biológicas, para culminar el Proceso con una guerra internacional que, aunque justificada, fue una muestra más de la improvisación y el mesianismo en que habían caído los militares.

La derrota en Malvinas terminó con cualquier atisbo de sustentabilidad o consenso de que pudiera gozar el gobierno de facto. Los militares, en estampida, decidieron retornar a los cuarteles antes de que la movilización popular los forzara ello.

LA DEMOCRACIA TAMBIÉN PUEDE SER FUNDACIONAL

En diciembre de 1983, inesperadamente Raúl Alfonsín se convierte en presidente constitucional de una república recuperada. El pueblo argentino tenía muy presente el caótico período de 1973 a 1976 y no quiso correr el riesgo de repetir la experiencia. Pero, ni Alfonsín ni los muchachos de la Coordinadora radical que lo rodeaban hicieron esa lectura. En sus cinco minutos de gloria, Don Raúl creyó que estaba fundando el “Tercer Movimiento Histórico” y que “Cien días de democracia” eran suficientes para garantizar “Cien años de Democracia”, pero se equivocaba. Ni el Plan Austral, ni la acelerada democratización de la sociedad, pudieron evitar la Semana Santa de 1987. Finalmente, la “casa estaba en orden” pero, el gobierno debió archivar sus sueños de refundar la República.

El peronismo retornó al gobierno en julio de 1989, de la mano del impredecible riojano Carlos S. Menem. La Argentina en plena crisis económica debía enfrentar a un mundo que cambiaba, terminaba la Guerra Fría y el “Consenso de Washington” imponía las reglas de un “nuevo orden internacional”, el peronismo para gobernar tuvo que adaptarse. Se abandonó el estatismo dirigista, las empresas del Estado fueron privatizadas, un peso se hizo igual a un dólar, desapareció la inflación y gracias a las “relaciones carnales” con los EE. UU., la Argentina pasó a ser un país, o casi. Quizás Menem no refundó a la Argentina pero si fundó un nuevo tipo de peronismo. ¿Cómo no pensar entonces en la reelección? Así surgió la reforma constitucional que permitió a Menem presidir el país por diez años y seis meses y lo convirtió en el argentino que más tiempo seguido ejerció la presidencia durante el siglo XX. Pero, como toda fiesta llega a su fin, la re-relección se esfumó, el menemismo se quedó sin sucesor y se agotó como expresión política y electoral.

En diciembre del 2001, la debacle del gobierno de La Alianza, presidido por Fernando De la Rúa, y la alegre proclamación del default por Adolfo Rodríguez Saá unos días más tarde, crearon unas explosivas condiciones. Era el fermento adecuado para que alguien elucubrara un nuevo proyecto fundacional.

El encargado de hacerlo fue Néstor Kirchner, el primer argentino que llegó a la presidencia de la Nación sin triunfar en los comicios y con el más escaso apoyo electoral de la historia (tan sólo el 22% de los votos emitidos). Pese a ser una expresión política minoritaria, el kirchnerismo contaba con la decisión, la falta de escrúpulos y la resolución necesaria para “ir por todo”.

Néstor y Cristina, una vez en la Casa Rosada decidieron quedarse algunas décadas en la presidencia. Hay que reconocer que la idea era buena. El matrimonio se alternaría en el gobierno indefinidamente sin necesidad de reformar la constitución.

La diarquía gobernante inmediatamente contó con el apoyo irrestricto de los sectores progresistas. Los sobrevivientes de la debacle revolucionaria de los años setenta rápidamente comprendieron que el kirchnerismo les brindaba la revancha histórica que venían rumiando desde entonces.

Todo marchaba relativamente bien cuando surgió el factor sorpresa. En 2010, contra todo lo previsto, Néstor abandonó el escenario político y la vida. Cristina se quedó sola y el proyecto perdió a su fundador y pilar esencial. La presidente enfrentó la tragedia con entereza y sin amilanarse encaró la reelección apoyándose en su imagen de viuda doliente. Con los fondos que el ANSES distribuía generosamente y la economía de soja todavía floreciente, el 54% del electorado puso sus esperanzas en que “el modelo de crecimiento con inclusión” siguiera funcionando, al menos por un tiempo, pero más sabiendo que Cristina se quedaba sin reelección. Por un momento, Cristina, como Menem, se cree eterna y sueña con la reelección indefinida.

Pronto se hizo evidente que era sólo un sueño de primavera, todo comenzó con el invierno recesivo que mostró la fragilidad de “el modelo”. y los escándalos de corrupción: primero los Sueños Compartidos de Schoklender y la Madres, luego Boudou y el Affaire Ciccone, seguidos de error tras error en la gestión económica que dinamitaron lo poco bueno de ese “modelo”. Comprendiendo que se acercaba el fin del ciclo kirchnerista, sus aliados comenzaron a desertar, florecieron las rebeldías y las aspiraciones políticas postergadas de muchos.

ADELANTAR EL FINAL

La presidente ha tratado, con renovados gestos de terquedad y autoritarismo, que la retirada del kirchnerismo no se transforme en una desordenado desbandade. Aspira, a partir del 2015, a reagrupar a sus incondicionales, sobre la base de un núcleo duro de diputados y el activismo de La Cámpora, en un frente opositor capaz de bloquear cualquier persecución judicial o política. Pero hoy, también este objetivo parece muy difícil de alcanzar.

Ante un cuadro de situación que muestra al 27% de la población viviendo en la pobreza, los precios en las góndolas de los supermercados incrementándose un 40% en el último semestre, a la recesión devorando 25.000 empleos en tan sólo un trimestre, mientras que el gasto público aumenta un 40%, la inflación ronda el 35%, crecen los despidos, suspensiones y vacaciones anticipadas al mismo tiempo que cierran negocios y restaurantes por doquier, en tanto que el gobierno intenta negar un segundo default en trece años, se hace evidente que no hay “relato” capaz de encubrir el terrible desaguisado en que se ha convertido la actual gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Es quizás por ello que algunos dirigentes comenzaron a pensar que posiblemente quinientos días sean mucho tiempo para esperar un traspaso ordenado del poder.

Nadie quiere ser el primero en expresarlo, pero muchos creen que adelantar las elecciones al primer semestre de 2015 no es tan mala idea. Incluso, que el 9 de julio de 2015 podría ser una buena oportunidad para el traspaso del gobierno. En esta forma se preservaría el principal capital que hoy les queda a los argentinos: una república, algo devaluada pero todavía democrática. El otro escenario, en el que nadie quiere pensar, se parece demasiado a Venezuela y no vale la pena evaluarlo.