lunes, 9 de junio de 2014

¿ESTÁ CAMBIANDO EL ORDEN INTERNACIONAL?


Las recientes crisis en Ucrania y en el mar de China, así como los acuerdos gasíferos entre Rusia y China indican que se están produciendo cambios y reacomodamientos en las alianzas entre potencias que evidencian una importante transformación en el orden internacional surgido a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989.

Por lo tanto, nos parece oportuno pasar revista brevemente algunos aspectos significativos que hacen a la transformación del cuadro de situación mundial.

CAMBIO EN LAS RELACIONES ENTRE RUSIA Y CHINA

Las relaciones diplomáticas y de poder entre Rusia y China a lo largo del siglo XX no han sido sencillas. A comienzos de la década de 1930, Mao Zedong se hizo con el control del Partido Comunista Chino que hasta entonces se había mantenido bajo la égida soviética. Mao no sólo desplazó a todos los cuadros dirigentes formados en Moscú –conocidos como los 28 bolcheviques- sino que discrepó con Stalin sobre cuál era la mejor estrategia para tomar el poder en China. Mientras que Stalin insistía en que los chinos llevaran a cabo una réplica de la Revolución Rusa, es decir, que tomaran el poder a través de una huelga revolucionaria donde todo el peso de la insurrección descansara sobre el proletariado industrial urbano. Mao, por el contrario, señalaba que China era un país atrasado, esencialmente rural, y que una revolución exitosa dependía de movilizar el potencial insurreccional del campesinado chino. En pocas palabras, había que llevar la revolución desde el campo a las ciudades. La Larga Marcha[i] y la lucha contra el ocupante japonés terminaron por dar la razón a Mao Zedong.

A pesar de las diferencias personales y doctrinarias entre Mao y Stalin el triunfo de la Revolución China, después de una larga guerra civil, en 1949, llevó a la alianza entre los dos grandes países socialistas. La República Popular China enfrentaba, después de la Guerra de Corea (1950 – 1953) el aislamiento internacional. En tanto, que la URSS en los últimos años del gobierno de Iósiph Stalin ejercía el liderazgo indiscutido del Bloque Socialistas y del movimiento comunista mundial, por lo tanto, no podía desentenderse frente al hecho de que en el país más poblado del mundo había triunfado el comunismo.

No obstante, las diferentes interpretaciones que ambos países daban a sus relaciones serían fuente de continuas controversias. Los rusos consideraban –con justicia- a China como un país atrasado y económicamente dependiente al que trataban igual que a cualquier otro de sus satélites de Europa Oriental.

Los chinos por su parte, habían heredado la ancestral percepción de que China era “todo bajo el cielo” y que los extranjeros eran “bárbaros”. Tenían muy fresco el recuerdo del trato discriminatorio y abusivo que los extranjeros habían dado a su país en el siglo XIX, en la última etapa del Imperio Chino.

Por lo tanto, esperaban de la Unión Soviética una consideración de socio estratégico, después de todo no habían recibido de los soviéticos ninguna ayuda sustancial mientras combatían contra los japoneses o las fuerzas de Kuomintang de Chiang Kaishek, más aún habían triunfado sobre sus enemigos sin la asistencia de tropas soviéticas e incluso habían enfrentado exitosamente a los EE. UU en Corea.   

Los soviéticos, pese a que su propia economía no era muy floreciente, comenzaron a enviar una sustancial ayuda económica a China, estimando que el evidente atraso tecnológico del país, creaba las condiciones ideales para que la influencia rusa en el país fuera decisiva.

La asistencia soviética fue esencial a la hora de reorganizar la industria, tecnificar la agricultura, modernizar a las FF. AA. y desarrollar la infraestructura, gracias a la presencia de varios miles de técnicos, administradores y asesores militares rusos. Pero, los líderes chinos seguían viendo a la ayuda recibida de la URSS como insuficiente e interesada, aunque por el momento consideraron oportuno acallar sus reclamos.

No obstante, las cosas comenzaron a cambiar con la llegada al poder de Nikita Khrushchev, en marzo de 1953, tras la muerte de Stalin.

Si bien el statu quo prevaleció durante los primeros años del liderazgo de Khrushchev, cuando en febrero de 1956, el nuevo líder soviético pronunció su célebre “Discurso Secreto” en el cual denunció y condenó los crímenes de Stalin, Mao Zedong reaccionó agriamente. El líder chino percibió inmediatamente que al criticar los errores y crímenes de Stalin en realidad se estaba atentando contra la esencia misma del sistema comunista al poner en tela de juicio la infalibilidad del Partido Comunista para tomar las decisiones correctas. La crítica revelaba que el Partido Comunista podía equivocarse al elegir un líder, o más aún, mantener en el poder durante treinta años a un criminal y genocida. Si el Partido se había equivocado de tal manera en esta cuestión, en que cosas más estaba equivocado…

Cuando Khrushchev restableció las relaciones diplomáticas con la Yugoslavia del Mariscal Tito –que Stalin había interrumpido en 1948-, el gobierno chino se opuso a esta decisión. También consideró al anuncio de la “coexistencia pacífica” con Occidente como una claudicación ideológica. Para Mao el comunismo debía necesariamente terminar destruyendo al capitalismo.

En 1958, Khrushchev, temeroso de un enfrentamiento con los EE. UU., se rehusó a apoyar a China que pretendía invadir los archipiélagos de Matsu y Quemoy en poder de Taiwan. La negativa soviética llevó a Mao a comprender que, en el futuro, China sólo podría contar con sus propias fuerzas en caso de un conflicto con Occidente.

La ruptura entre los dos gigantes del mundo socialista se hizo evidente en el XXII Congreso de la PCUS, en octubre de 1961, llevado a cabo después de la “Crisis de Berlín”. Las delegaciones china y soviética se enfrentaron con respecto al régimen de Enver Hoxha en Albania. Los soviéticos lo condenaron y los chinos lo felicitaron por su “ortodoxia stalinista”. Al año siguiente, China fue aún más dura al juzgar la actitud soviética en el “Crisis de los Misiles de Cuba”, diciendo que Khrushchev había “pasado del aventurerismo a la capitulación”.

Los rusos devolvieron la gentileza a los chinos durante la breve guerra que la República Popular China mantuvo con la India, en noviembre de 1962. La URSS respaldó a la India y la ruptura quedó establecida, aunque ambos países mantuvieron sus relaciones diplomáticas.

El cisma sacudió al movimiento comunista internacional donde los partidos comunistas se dividieron entre “maoístas” y “prosoviéticos”.

Durante casi una década China permaneció prácticamente aislada internacionalmente, enfrentada por igual a Occidente y al Bloque Socialista sólo podía contar como aliada a la pequeña República Popular de Albania, en la Europa Suroriental, cuyo líder Enver Hoxha se mantenía fiel al más puro stalinismo.

INCIDENTES EN LA FRONTERA

A las rivalidades ideológicas pronto se sumaron disputas territoriales. Las fronteras entre la URSS y China, son las más largas del mundo con 6.400 kilómetros de extensión, sus límites se establecieron en la época de la Rusia Imperial y se fijaron en tres tratados: Aigun (1858), Pekín (1860) y San Petersburgo (1881). En 1927, Sun Yat-sen, Presidente de la República China, reivindicó pérdidas territoriales en los valles de los ríos Amur y Ussuri y las regiones del Norte de los ríos Ili, Khokand y Amur.

En 1954, durante la visita a Pekín de Nikita Khrushchev y Nikolai Bulganin los chinos reclamaron que la República Popular de Mongolia había sido puesta bajo control soviético de “forma abusiva”. Sin embargo, en 1959, ambos países firmaron un acuerdo sobre navegación en el río Amur y en 1962 un tratado reconociendo la frontera chino – mongola. En la década de los sesenta se produjo una serie de incidentes fronterizos entre tropas rusas y chinas.

En 1964, Mao Zedong argumentó la necesidad de una redistribución territorial en relación a la población de cada Estado. Khrushchev replicó comparando los argumentos de Mao con las teorías del “espacio vital” expuestos por Adolfo Hitler para justificar su expansionismo. En febrero de 1967, Radio Pekín acusó a los soviéticos de atacar a China en el Nordeste (territorio de la antigua Manchuria). La URSS declaró que el problema en esa zona se debía a que la población autóctona rechazaba la “Revolución Cultural”[ii] y pedía auxilio a las autoridades soviéticas.

En 1968, China condenó la invasión de las fuerzas del Pacto de Varsovia para ahogar la “Primavera de Praga”.

El 2 de marzo de 1969, las fuerzas fronterizas de ambos países entraron en combate en las cercanías de la isla Zhenbao o Damanski, que produjeron ese día y los siguientes al menos un centenar de víctimas fatales para cada bando.

Antes de que el conflicto escalara, el 11 de septiembre de 1969, el primer ministro soviético Alexei Kosygin se detuvo en el aeropuerto de Pekín, durante su retorno de los funerales del líder vietnamita Ho Chi Minh y se reunió con su homólogo chino, Zhou Enlai. Los primeros ministros acordaron el retorno de sus embajadores y el comienzo de negociaciones fronterizas. Pese a la distensión el conflicto, no se alcanzó una solución definitiva al diferendo.

EL ACERCAMIENTO A OCCIDENTE

Durante la década de 1970, China llevó a cabo una política de acercamiento a Occidente. Los líderes chinos comprendieron que no podían hacer frente al mismo tiempo a la URSS y a los EE. UU. Entonces eligieron enfrentar lo que consideraban como su “contradicción principal”: La URSS y para ello era necesario arribar a un entendimiento con quien constituía su “contradicción secundaria”: los EE. UU. y el capitalismo.

Es así como los chinos realizaron una aproximación hacia los EE. UU. que llevó al presidente Richard Nixon y a su Asesor para Asuntos de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, a visitar Pekín, Hangzhou y Shanghái entre el 21 y 28 de febrero de 1972.

Estados Unidos aceptó oficialmente la tesis de “una sola China” que el gobierno de Pekín formulaba para reivindicar su soberanía sobre Taiwan. No obstante, los EE. UU. reafirmaron su interés de una solución pacífica sobre el problema de Taiwan que fuera alcanzada por los propios chinos. Pero ambos países aceptaron omitir en forma temporal “la cuestión crucial que obstruye la normalización de las relaciones.” EE. UU. continuó manteniendo relaciones diplomáticas con la República de China (Taiwan) hasta 1979, año en que dejaron formalmente de reconocer a este gobierno aunque mantuvieron con él fuertes vínculos militares y económicos.

La República Popular China reemplazó a Taiwan en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y logró el reconocimiento diplomático de la mayoría de los países occidentales.

En 1973, China no condenó el golpe de Estado que terminó con el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile. En enero de 1979, la República Socialista de Vietnam, un activo cliente de la URSS en el sudeste asiático, invadió la Kampuchea Democrática (Camboya), poniendo fin al régimen prochino de Pol Pot y el Jemeres Rojos. Un mes después, el 17 de febrero de 1979, 86.000 soldados chinos de los 41º y 42º ejércitos atacaron por tres frentes diferentes el norte de Vietnam. Los miembros del Ejército Popular de Liberación chino se dirigieron hacia las provincias de Cao Bang, Lao Cai y Lang reforzados por otros 200.000 soldados. Aquel fue un momento peligroso porque la mayor parte de las fuerzas vietnamitas y las más preparadas estaban en Camboya, mientras que en la zona fronteriza con China sólo estaban estacionados 60.000 soldados de fronteras y tropas regulares, por lo tanto se encontraban en una relación de cinco a uno frente a los atacantes.  Los chinos lograron ocupar Lang Son pero la resistencia vietnamita fue mayor de lo esperado y, pese a no reconocerlo en un primer momento, sufrieron unas 20.000 bajas y debieron retirarse; pero sin asumir la derrota, alegaron que ya habían castigado bastante a los vietnamitas.

Después de la muerte de Mao Zedong, en 1976, cuando llegó al poder Deng Xiaoping, China inició una serie de reformas económicas que abrieron al país al comercio internacional sin modificar el régimen político.

Las relaciones sino-soviéticas se mantuvieron sin grandes cambios hasta finales de la década de los años ochenta. En junio de 1989, Mihail Gorbachov visitó Pekín buscando distender las relaciones entre ambos países.

Al desaparecer la URSS en 1991, las relaciones entre Rusia y China tomaron un nuevo impulso. Rusia se convirtió en un mercado atractivo para las exportaciones chinas. Al mismo tiempo, China se transformó en un gran comprador de armamento ruso adquiriendo portaviones, submarinos, aviones y helicópteros para reforzar a sus fuerzas armadas.

EL EJE ECONÓMICO MOSCÚ – PEKÍN

Con la llegada del nuevo milenio, la dirigencia tanto de Rusia como de China parece dispuesta a disputar a los EE. UU. el orden unipolar de que disfruta desde la desaparición de la URSS. A tal efecto han incrementado su cooperación económica y sus alianzas militares.

En 2011, Vladimir Putin, quien era entonces primer ministro de Rusia, firmó un memorando de modernización económica con el presidente de China, Hu Jintao. Las transacciones comerciales entre ambos países se incrementaron en un 40%, hasta alcanzar los 79.000 millones de dólares.

Poco después de ser reelecto como presidente, Putin creó el Ministerio para el Desarrollo del Lejano Oriente (Minvostokrazvitiya), lo que muestra su intención de mejorar las relaciones con Asia y desarrollar el Lejano Oriente de Rusia. En abril de 2012, el gobierno ruso también aprobó una legislación para formar una corporación para el Lejano Oriente, con fondos por 17.000 millones de dólares, que depende directamente del Presidente. En 2013, las inversiones directas de China en Rusia ascendieron a 4.080 millones de dólares un 518,2% más que en el año anterior.

Además, ambos países crearon un fondo de inversión  binacional por un valor de cuatro mil millones de dólares, que entre otros proyectos, formó una empresa forestal en Rusia, encargada de suministrar una parte sustancial del consumo de madera de China. Además, han planificado la creación de un centro espacial en la región de Amur, con un presupuesto de ocho mil millones de dólares, que constará de siete plataformas de lanzamiento, destinado a reemplazar el centro de Baiconur en Kazajstán, y que deberá estar operativo en 2015.

El 21 de mayo pasado, Vladimir Putin y Xi Jinping, se reunieron para presenciar, en Shanghái, la rúbrica de un acuerdo suscripto entre los presidentes del monopolio Gazprom, Alexei Miller y del consorcio estatal chino CNPC, Zou Jiping, el “Contrato de Compraventa Chino – Ruso sobre el Proyecto de Gas de la Ruta del Este.

Un contrato valorado en 400.000 millones de dólares, por el cual Rusia se compromete a suministrar, a partir de 2018 y por treinta años, gas a China a partir de una ruta hacia el Este. CNPC será responsable del desarrollo de los campos de extracción de gas, plantas de procesamiento, gasoductos y plantas de almacenamiento en China.

En esta forma Pekín podrá cubrir buena parte del actual consumo de gas, que en 2013 se situó en torno a los 170.000 millones de metros cúbicos anuales y que crecerá gradualmente a medida que la República Popular abandone gradualmente el carbón, su principal –y más económica- fuente de energía, en favor de alternativas menos contaminantes. Para Moscú, forzado a buscar clientes ante el deterioro de los lazos con los países europeos sus principales compradores, resulta muy útil el acuerdo porque no sólo le abre nuevos mercados sino que le ayuda a romper con las sanciones económica que pretende imponerle la OTAN.

China inmersa en disputas sobre soberanía territorial y explotación de recursos naturales en los mares de su Este y Sur, necesita del apoyo diplomático de Putin para contrarrestar el respaldo de EE. UU. a sus vecinos y el giro de la primera potencia hacia la región Asia – Pacífico. Por su parte Putin, aislado a raíz de la crisis ucraniana, busca respaldos fuera de Occidente. Es una alianza que no necesita de una ideología común, de hecho, tal como hemos visto, estos países distan mucho de contar con una historia de buenas relaciones; lo que hoy tienen son intereses comunes cada vez más amplios.

Ambos países prevén que el intercambio comercial bilateral crezca, en 2015, un 10% respecto del volumen actual, algo inferior a los 90.000 millones de dólares. Aunque el gobierno chino estima que en realidad esa cifra se duplicará y alcanzará los 200.000 millones de dólares en 2020. Incluso Rusia y China han constituido un consorcio para participar en Nicaragua de la creación de nuevo canal interoceánico, alternativo al de Panamá por donde actualmente pasa el 4% de las cargas del comercio mundial y el 16% del comercio de los EE. UU. El costo del proyecto es de aproximadamente 40.000 millones de dólares y la concesión sería por cincuenta años, prorrogable por otros cincuenta.

Estos reacomodos de los intereses económicos y políticos entre las grandes potencias no están exentos de tensiones, el tiempo dirá como se resuelven en los próximos años.

             



[i] LA LARGA MARCHA: fue el viaje a través del interior de China que siguieron las tropas del Ejército Rojo chino, las fuerzas armadas del Partido Comunista de China (PCCh), entre los años 1934 y 1935, huyendo del ejército de la República de China. Supuso la subida al poder de Mao Zedong. Años antes, los comunistas habían logrado establecer una zona bajo su control en un área montañosa de la provincia de Jiangxi, en el sur del país, donde establecieron la República Soviética de China. Acosados por las fuerzas de la República, dirigidas por el Generalísimo Chiang Kai-shek, el 16 de octubre de 1934 los dirigentes comunistas decidieron emprender la huida hacia el interior, que los llevaría un año después a la provincia norteña de Shaanxi, en una región aún más remota que se encontraba también bajo control comunista. Durante la Larga Marcha, los comunistas, eventualmente liderados por Mao Zedong y Zhou Enlai, escaparon en círculos hacia el oeste y el norte, recorriendo alrededor de 12.500 kilómetros en 370 días. La dureza del viaje a través de la China interior, que sólo completaría alrededor de una décima parte de las tropas que salieron de Jiangxi, haría de este uno de los episodios más significativos y determinantes en la historia del Partido Comunista de China, que sellaría el prestigio personal de los nuevos dirigentes del Partido, con Mao a la cabeza, en las décadas siguientes.
[ii] REVOLUCIÓN CULTURAL: fue una campaña de masas en la República Popular China organizada por el líder del Partido Comunista de China Mao Zedong a partir de 1966 y dirigida contra altos cargos del partido e intelectuales a los que Mao y sus seguidores acusaron de traicionar los ideales revolucionarios, al ser, según sus propias palabras, partidarios del camino capitalista. En realidad supuso una radicalización de la revolución china. Mao, apoyado por un sector dirigente del Partido (Banda de los Cuatro), utilizó una gigantesca movilización estudiantil (Guardias rojos) para desacreditar al ala derecha, pro-capitalista (encabezada por Liu Shaoqi, Peng Zhen y Deng Xiaoping), dentro del aparato del Partido Comunista Chino. Esta recorrió todo el país, afectando también a las áreas rurales, terminó por extenderse a la clase obrera y, finalmente, a los soldados del Ejército Popular, convirtiéndose en un cuestionamiento generalizado contra las autoridades del Partido, que amenazaba con escapársele de las manos. Este proceso dio lugar a la conformación de Comités Populares de obreros, soldados y cuadros del partido por cerca de la mitad del país, los cuales funcionaban como órganos de doble poder popular en las distintas tareas de administración y gobierno; situación que Mao logró encauzar, situándolos bajo la dirección del Partido. Esta situación duró hasta 1976, momento en que un golpe de Estado militar encabezado por Deng Xiaoping, con una dura represión, restauró en el poder a la facción encabezada por él mismo, procediéndose al arresto de la Banda de los Cuatro y la vuelta al statu quo, emprendiendo los cambios en la economía que, bajo el nombre de socialismo con características de mercado, iniciarían la vuelta a la economía de mercado capitalista.