lunes, 24 de marzo de 2014

¿POR QUÉ HAY QUE CUIDARLA A CRISTINA?


¿POR QUÉ HAY QUE CUIDAR A CRISTINA?

Por el Dr. Adalberto C. Agozino

EL PAÍS DEL “YO NO FUI”

Días pasados he vivido dos hechos que deseo compartir con el lector porque me parecen un reflejo del país que vivimos. El primero de estos hechos ocurrió en la universidad privada en que dicto clases desde hace 35 años. Al detectar un error en el cómputo de mi antigüedad docente, fui a ver a la jefa del Departamento de Personal Docente para solicitarle que rectificara dicho error. Grande fue mi sorpresa cuando la respuesta de la joven empleada consistió en decirme con algo de indignación que ella no era responsable del error porque se había originado en “otra gestión”. Es decir, que el error se había producido antes de que ella sumiera su actual cargo cuando otra empleada estaba a cargo de ese Departamento. En consecuencia, como la anterior jefa se había desvinculado de la institución, ni ella ni la Universidad eran responsables por el error y por el perjuicio económico que me habían originado. Curiosa interpretación. Seguramente la juventud o la falta de conocimientos le impedían comprender a la jefa del Departamento Docente que existe algo llamado “continuidad jurídica” por los actos administrativos que una institución lleva a cabo a través del tiempo.

El segundo hecho es similar a este pero aún más pueril e insólito. Frecuentemente, me veo obligado a viajar en chárter desde la localidad bonaerense donde tengo mi residencia hasta la ciudad de Buenos Aires, como miles de sufrientes argentinos. La semana pasada efectué telefónicamente, como es habitual, la reserva de mi pasaje. La telefonista que atendió mi llamado confundió el horario de mi reserva y perdí el viaje.

El hecho era tan sólo un simple error humano que puede ser sencillamente comprendido y disculpado. De todas formas decidí formular un reclamo telefónico con el objeto de evitar la repetición del hecho y recordarle a los encargados de tomar las reservas que debían efectuar su trabajo con mayor responsabilidad y atención. Perder la reserva y no poder viajar siempre ocasiona al frustrado pasajero inconvenientes que nadie puede compensarle. Grande fue mi sorpresa cuando la telefonista algo molesta me dijo: “Yo no tomé la reserva fue Fulana y no tengo nada que ver”. Ante lo cual me vi obligado a recordarle a la inexperta telefonista que tanto ella como su compañera eran parte de una misma empresa y que precisamente esa empresa era responsable por los inconvenientes y perjuicios que la negligencia de sus empleados me habían ocasionado.

Estos hechos, más allá de lo poco significativos que puedan parecer son el reflejo de un país donde nadie se siente responsable de nada de lo que ocurre. Un país donde la culpa siempre la tiene el otro: los militares, los políticos, los empresarios, los peronistas, los villeros que viven de los planes sociales, los zurdos, los fachos, los periodistas o los medios. Cada cual puede elegir el chivo expiatorio de su preferencia para depositar en él la responsabilidad. Un país en que nadie asume su responsabilidad por la franca decadencia en que se debate la sociedad.

Porque si algo no admite discusión es que la Argentina en los últimos sesenta o cincuenta años ha perdido la posición de prestigio y consideración en el mundo. Pasando de ser un país en vías de desarrollo para convertirse en un país en vías de subdesarrollo.

Uno de más factores que más ha contribuido a esta decadencia es probablemente la tendencia fundacional que suelen asumir los gobiernos nacionales y la propia sociedad cada tanto.

LA TENDENCIA FUNDACIONAL

Los argentinos cada diez años estamos refundando a la Nación. Cada diez años aproximadamente rompemos o pretendemos romper con algún gobierno al que se responsabiliza por todos los males del presente.

La “Revolución” de junio de 1943, encabezada por la logia militar del GOU prometió terminar con la era del “fraude patriótico” y los gobiernos oligárquicos.

En 1955 la “Revolución Libertadora” puso fin a la llamada “Segunda Tiranía”, es decir, al gobierno constitucional de Juan D. Perón –recordemos que la “Primera Tiranía” era la época de Juan Manuel de Rosas-.

El 28 de junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía y los militares del sector “azul” del Ejército derrocaron al gobierno semiconstitucional –tengamos en consideración que el peronismo durante esta etapa estaba proscripto- de Arturo U. Illia para llevar a cabo la “Revolución Argentina” que sacaría al país del subdesarrollo.

El 25 de mayo de 1973, el delegado de Perón, Héctor J. Cámpora asumió la presidencia de la Nación, frente a la atenta mirada de los presidente Salvador Allende de Chile y Osvaldo Dorticós Torrado de Cuba, para inaugurar en Argentina el “gobierno nacional y popular”. Mientras en la Plaza de Mayo los militantes de la Juventud Peronista cantaban alborozados: “Se van, se van y nunca volverán” en referencia a los militares que dejaban el poder.

Pero volvieron tan sólo tres años después. El 24 de marzo de 1976 los militares retomaron el poder e inauguraron “El Proceso de Reorganización Nacional”. Por fin el país iba a iniciar una etapa de verdadero desarrollo en orden y en paz, sin el terrorismo revolucionario ni el caso provocado por el desgobierno de María Estela Martínez de Perón.

El 10 de diciembre de 1983 los militares abandonaron humillados el gobierno. Atrás dejaban nueve mil desaparecidos, bebes apropiados, personas arrojadas vivas desde aviones al Río de la Plata y una guerra internacional perdida. Ante el fracaso de los militares retornó la institucionalidad al país.

De la mano de Raúl Alfonsín el país se reencontró con la legalidad constitucional, se juzgó a los integrantes de las Juntas Militares y de las cúpulas terroristas. Pero Alfonsín se mostró incapaz de encauzar la economía y debió dejar el gobierno seis meses antes del fin de su mandato corrido por la hiperinflación, los cortes de energía eléctrica, los saqueos y las protestas.

Arribó al gobierno entonces Carlos S. Menem quien convirtió al peronismo del nacionalismo estatista al neoliberalismo del “consenso de Washington” pero siempre en tono nacional y popular. Indultó a los militares y terroristas, estableció “relaciones carnales” con los Estados Unidos y restableció los vínculos con el Reino Unido al mismo tiempo que ponía el rostro del Che Guevara en una estampilla del correo argentino. Menem abrió la economía argentina al mundo, privatizó –o mejor dicho: regaló- las empresas estatales. Los argentinos pudieron comprarse las primeras computadoras y teléfonos celulares. El peso valía un dólar, los argentinos vacacionaban en Miami y gozaban de una tregua sin inflación o inestabilidad económica. Claro que en el proceso destruyó buena parte de la industria nacional y disparó los índices de desempleo. Pero, como el lector comprenderá siempre hay “daños colaterales”.

En 1999, de la mano de la Alianza de los radicales con el Frepaso, llegó a la presidencia Fernando de la Rúa. Un presidente de centro derecha liderando una coalición de centro izquierda. No podía durar y no duró. Dos años más tarde un pacto entre Duhalde y Alfonsín sepultó al gobierno de la Alianza. Pero el precio fue demasiado alto. La abrupta salida de la convertibilidad cambiaria, el corralito bancario y el endeudamiento externo se convirtieron en un coctel explosivo que una clase política inexperta e imprudente no supo manejar. El alegre festejo del default de la deuda en el Congreso Nacional, es el claro ejemplo de una sociedad donde nadie se siente responsable de los errores del pasado. Un país sin memoria colectiva, donde todos creen que cada tanto se puede recomenzar de cero sin la carga de los errores cometidos.

El 25 de mayo de 2003 asumió la presidencia Néstor Kirchner para continuar la fallida experiencia de gobierno del dentista Cámpora treinta años después. El gobierno argentino fue nuevamente “nacional y popular” pero mucho más rencoroso y revanchista.

Luego, de la mano de Cristina, el peronismo convertido en kircherismo retornó a la tradición del primer peronismo: la economía estatista y dirigista, a la defensa de la industria nacional, al culto a la personalidad, a la persecución de los opositores y disidentes, como así también de la prensa independiente. Nuevamente la Argentina se dividió en dos bandos irreconciliables.

EL PRÓXIMO GOBIERNO

El 10 de diciembre de 2015, la Argentina tendrá un nuevo presidente y se cerrará el ciclo kirchnerista pero el país será el mismo.

El nuevo gobierno no fundará un nuevo país o una nueva república simplemente representará un cambio de administración. Deberá reparar los errores del pasado, rectificar las políticas equivocadas y encontrar el rumbo adecuado para encauzar el país hacia la prosperidad, la integración regional y una adecuada inserción internacional.

El nuevo presidente recibirá de manos de Cristina Fernández de Kirchner no sólo la banda y el bastón, sino también un país que atraviesa una compleja realidad económica y social. Cuando el Papa Francisco aconseja: “cuiden a Cristina”, seguramente está pensando en la Argentina y no en la presidenta. Cuidar a Cristina para que termine la gestión lo mejor posible significa cuidar al país para no repetir los errores del 2001. A nadie, y menos que nadie al próximo presidente, le sirve que la Argentina se sumerja en un periodo de inestabilidad y confrontación similar al que hoy vive Venezuela, por ejemplo.

Por eso, es conveniente cuidar al actual gobierno y desear que culmine lo más normal posible… porque no tendrá una sucesión proveniente de sus propias filas. La era del kirchnerismo ha terminado y en el 2015 vendrá algo distinto seguramente algo mejor.

Pero el nuevo gobierno deberá gobernar a la misma sociedad que en su momento eligió a Cristina, a Néstor, a Menem, a De la Rúa, a Alfonsin o que inicialmente apoyó los golpes de Estado de 1976, de 1966, de 1955, etc. para luego arrepentirse y clamar por elecciones y constitucionalidad.

Entre todos hicimos la Argentina de hoy, no fue Cristina ni el kirchnerismo el único responsable de nuestra actual decadencia. Por lo tanto, es responsabilidad de todos que este barco arribe a buen puerto en diciembre de 2015.

Hasta entonces lo más conveniente para todos es preservar la gobernabilidad del país para evitar el caos. Recordemos que en las épocas de crisis profundas quienes más sufren son quienes menos tienen…