viernes, 27 de diciembre de 2013

¿SON MENOS INTELIGENTES NUESTROS NIÑOS?




¿SON MENOS INTELIGENTES NUESTROS NIÑOS?

 por el Dr. Adalberto C. Agozino

Hace treinta y cinco años que ejerzo la docencia. En la Universidad transité todos los peldaños de la carrera docente: desde la categoría de “alumno-ayudante” hasta alcanzar la dirección de una carrera de posgrado. Durante los últimos quince años he ejercido simultáneamente la docencia de nivel medio en un instituto de la provincia de Buenos Aires donde actualmente doy clases de historia y sociología.

Varios años antes de la crisis de diciembre de 2001 comencé a percibir que el rendimiento escolar de mis alumnos descendía marcadamente año tras año. Simplemente ya no podía enseñar la totalidad de los contenidos que había impartido el año anterior. Las preguntas de los alumnos se tornaban más elementales. Al mismo tiempo su nivel de comprensión y la calidad de su redacción y vocabulario se hacían más pobre. En consecuencia, el porcentaje de alumnos aprobados sobre el total de estudiantes descendía también año a año.

Entonces comencé a preguntarme porqué sucedía esto. Era acaso que nuestros hijos y nietos eran menos inteligentes que nosotros a su edad. Resulta evidente que no. Alumnos que reprobaban en historia o sociología, que su letra era ilegible y que sus escritos estaban plagados de errores ortográficos, demostraban otras capacidades no aprendidas en la educación formal.

Estos alumnos dominaban ampliamente la tecnología en un nivel inaccesible para mí y para la mayoría de los miembros de mi generación. Eran capaces de programar un celular inteligente en minutos y sin consultar el manual. Empleaban más “utilidades” de los mismos en un proceso que estaba vedado para mi nivel de inteligencia y capacidad de adaptación.

Más humillante para mí era comprobar como dominaban sus ordenadores. Hacían páginas web, retocaban imágenes y las “subían” a Facebook; realizaban creativos “power point” sobre temas históricos seleccionando e incorporando textos, imágenes y sonido. Muchas veces yo tardaba más tiempo que ellos en armar este tipo de presentaciones y casi siempre las mías eran más elementales y aburridas que las de ellos.

El acontecimiento que evidenció aún más que las nuevas generaciones poseen una inteligencia superior a aquellas que le precedieron fue ver a mi nieto de tan sólo ocho años manejar su consola de juegos Playstation 4. No solo dominaba con una destreza apabullante este mecanismo, pasaba rápidamente de nivel a otro, sabía reconocer las capacidades del armamento que seleccionaba, etc. No sólo me daba lecciones de como jugar y por supuesto me derrotaba humillantemente en cada juego.

Yo me vi obligado a refugiarme en mi viejo tablero de ajedrez -donde gracias al auxilio de las enseñanzas del maestro Capablanca- aún conservo la supremacía. En especial, después de que comenzó a derrotarme sistemáticamente en las partidas de “dominó”.

Pero que ocurría cuando los jóvenes debían ejercer lo que podríamos denominar destrezas tradicionales. Los mismos adolescentes que dominan el campo tecnológico, son incapaces de leer con soltura, no comprenden muy bien lo que han leído, son pésimos realizando operaciones de multiplicación o división por varias cifras si no cuentan con sus máquinas calculadoras. No pueden realizar operaciones mentales de suma, resta o multiplicación.

Al mismo tiempo su desinterés por la lectura es total. No leen ni diarios ni revistas. Es más en la mayoría de los hogares no ingresan ediciones papel de estas publicaciones. Tampoco son muy afectos a la televisión o el cine. De escribir ni hablar. Ignoran lo más elemental en cuanto a la correcta conjugación de verbos, son incapaces de determinar cuándo debe emplearse las mayúsculas o la tilde –o acento-, emplean a mansalva la “h”, confunden la “v” con la “b” y la “c” con la “s”.

Si alguien quisiera averiguar con precisión la caída en las habilidades académicas de los niños actuales. Podría por ejemplo seleccionar algunos ejercicios del célebre “Manual de Ingreso”. Este texto se empleó hasta 1983 para preparar y elaborar los exámenes de ingreso a los colegios de enseñanza pública de la ciudad de Buenos Aires.

Tal como recordaran los argentinos de mi generación, históricamente los alumnos que completaban sus estudios primarios –en ese entonces de 1º a 7º grados de la escuela elemental no podían inscribirse directamente como alumnos de los colegios públicos de enseñanza media, tampoco en las escuelas privadas más prestigiosas.

Los candidatos debían obtener su vacante en estos establecimientos aprobando un riguroso examen de ingreso. Eran examinados en matemáticas y lengua castellana y en los colegios más prestigiosos la evaluación comprendía además contenidos de historia y geografía. Finalmente las vacantes se asignaban por riguroso orden de mérito. Quienes fracasaban en ese examen debían optar por las escuelas públicas o privadas de menor prestigio o nivel de exigencia donde no se cubría la totalidad de las vacantes. Usualmente nadie se quedaba sin acceso a la educación. El alumno de menor rendimiento se veía obligado a concurrir a establecimientos más alejados de su lugar de residencia, debía elegir los turnos menos concurridos –por la tarde o noche- o a escuelas privadas de bajos aranceles y menor exigencia.

No obstante, todos los años los padres de los alumnos reprobados en los exámenes de ingreso hacían oír sus quejas por exámenes que consideraban demasiado rigurosos y hasta discriminatorios.

El 1983, llegó la democracia con la que “se come y se educa”. Sin meditar acabadamente la dimensión de los cambios que se estaban realizando y al calor del “destape” después de años de un régimen represivo se procedió a “democratizar la educación”. De un plumazo se suprimió el uniforme escolar y las reglas de aseo personal de las escuelas públicas, las calificaciones con nota numérica fueron reemplazadas por el igualitario “alcanzó” y “no alcanzó”; se suprimió el elitista “cuadro de honor” en los colegios. Además, el abanderado de cada establecimiento dejó de ser el alumno con más altas calificaciones. Este galardón fue otorgado en “votación democrática” al alumno considerado “mejor compañero”. Este cambio también suprimió el odiado “examen de ingreso” en las escuelas secundarias públicas. Para no ser menos las universidades suprimieron también los exámenes de ingreso a sus claustros. En algunos casos cambiándolo por un curso anual de nivelación. Como el Ciclo Básico Común implementado en la UBA.

La educación debía ser para todos, sin restricciones y sin considerar si el alumno estaba capacitado o no para acceder al nivel superior de enseñanza. Sólo algunos colegios como el Nacional de Buenos Aires, el Carlos Pellegrini o los Liceos Militares mantuvieron el sistema tradicional de exámenes de ingreso y retuvieron su calidad educativa.

Fue el principio del fin para la excelencia educativa de la Argentina. Luego vino la condena a la enseñanza considerada conductista, repetitiva y universalista. Precisamente ese tipo de enseñanza que posibilitó al país obtener cinco premios Nobel. Una cantidad de personalidades premiadas que no la podido igualar ninguna otra nación del Tercer Mundo. Una educación que produjo personalidades como las de Leopoldo Lugones, Jorge L. Borges, Julio Cortazar, René Favaloro y muchos otros.

A partir de entonces, cuando los distintos funcionarios que dirigieron la educación argentina en los diversos gobiernos que se sucedieron comenzaron a experimentar con teorías pedagógicas cuya validez para la transmisión de conocimientos no estaban debidamente comprobadas. En muchos caso los funcionarios elaboraban planes de estudio para un alumno teórico muy distinto del que poblaba las aulas. También fallaba el diagnóstico sobre el docente promedio. Los sindicatos docentes impulsaban un descenso en las exigencias y titularizaciones masivas de docentes que luego se atrincheraban en los privilegios de la estabilidad del cargo. Hasta las condiciones edilicias y las capacidades técnicas de los establecimientos educativos oficiales fue descuidada por años.

La gota que colmó el vaso fue la modificación del sentido último de la escuela pública. La escuela dejó de ser un establecimiento destinado a la educación para transformarse en ámbito de “contención social”. Más importante que impartir conocimientos era brindar alimentación a los niños o alejar a los adolescentes de los peligros de la calle y la falta de empleo.

El alumno dejó de ir a la escuela para adquirir un mayor nivel educativo y obtener capacidades que lo ayudaran a tener un futuro con mejor calidad de vida. Algunos padres enviaban a sus hijos a la escuela tan sólo para asegurarles el acceso a un plato de comida o para mantenerlos alejarlos de las malas compañías mientras ellos debían concurrir a sus trabajos.  

Retener al alumno en las aulas a cualquier costo se convirtió en el objetivo central de docentes y directivos. No importaba mucho si los estudiantes aprendían o no sólo, era suficiente con que asistiera pasivamente a las clases. Tampoco se prestaba demasiada atención a si el alumno molestaba a otros o desalentaba con su indiferencia a los alumnos que realmente deseaban aprender.

Lo importante era que el alumno asistiera a clase, que figurara en las estadísticas como estudiante y no como “desempleado”. Por eso se buscaba demorar por los más diversos procedimientos el ingreso de los jóvenes al mercado laboral.

Así gradualmente arribamos a la situación actual. En que con elevados presupuestos educativos, año tras año, el alumno argentino disminuye su rendimiento en las pruebas PISA.

Pero no es solo se presenta el problema del descenso en las pruebas de calidad educativa. Hay que considerar que el alumno que con grandes deficiencias en su formación concluyó sus estudios secundarios hace diez años es el docente de hoy.

Algunos de mis alumnos de escaso rendimiento escolar en el pasado son hoy mis colegas en el mismo establecimiento del que egresaron hace menos de una década.

Es así como las causas de la decadencia argentina está en el descenso educativo, en la mediocridad de sus jóvenes profesionales; docentes, abogados, médicos, contadores, etc. Porque los errores y deficiencias que un alumno sufre en un nivel educativo no se superan totalmente en el nivel siguiente.

Los errores en la “lecto – escritura” no se superan fácilmente en la escuela media, las deficiencias de comprensión de texto, la falta de vocabulario y la poca capacidad de análisis y comprensión retrasan el aprendizaje en la universidad.

En esta forma, el graduado universitario termina por egresar sin contar con todas las capacidades necesarias para el correcto desempeño de su profesión. No importa, el sistema ha ideado una larga oferta de posgrado –especializaciones, maestrías, doctorados y hasta posdoctorados- para permitirle a los jóvenes profesionales alcanzar el mismo nivel de conocimientos e idoneidad que hasta hace dos o tres décadas obtenía cualquier recién egresado de una carrera de grado. Con la ventaja adicional de retrasar un par de años más el ingreso del joven profesional al mercado de trabajo.

En síntesis, nuestros niños son más inteligentes pero el sistema educativo vigente produce profesionales de menor idoneidad laboral. Por lo tanto, si no revertimos rápidamente la crisis de nuestro sistema educativo y si seguimos experimentando e improvisando en este campo nuestro destino como nación seguirá seriamente comprometido.