lunes, 27 de agosto de 2012

EL PERONISMO (2º Parte)


PERÓN Y EL GOBIERNO MILITAR

 

1. EL ASCENSO DEL CORONEL

            Fue mérito del coronel Perón el que, luego de algunos meses en los cuales pretendió ocultar ese vacío de concepción apoyándose en modelos autoritarios de derecha, el gobierno militar desarrollara un programa político propio. Por iniciativa suya se confeccionaron amplios informes acerca de la situación de las diferentes ramas de la economía y se comenzó a aplicar una política de estímulo y protección a la industria nacional. También por iniciativa suya se confeccionaron amplios informes acerca de la situación de las diferentes ramas y se comenzó a aplicar una política de estímulo y protección a la industria nacional. También por iniciativa suya se encaró la indispensable reforma de la legislación social, creando una serie de nuevas situaciones en el ámbito del trabajo y de la salud pública y se dictaron numerosas leyes de protección a los estratos más bajos de la población. A su influencia se debe también el abandono de la actitud estrictamente neutral y se procuró un mayor acercamiento a los aliados, cuya victoria sobre las potencias del Eje se insinuaba cada vez con mayor claridad.

            Gracias a su habilidad táctica, el apoyo de numerosos y leales partidarios entre la oficialidad y el completo dominio del Grupo Obra de Unificación –que constituía un eficaz órgano de control del gobierno militar-, una logia militar que dirigía junto con los coroneles Montes, Gilbert, Imbert y González . Mucho se ha especulado sobre el carácter de esta logia y su influencia dentro de las filas del Ejército. María Sáenz Quesada ha resumido el programa e ideología del GOU diciendo que: “La ideología preponderante en la Logia era simple: se temía al comunismo a la revolución social y a la posible influencia de radicales, socialistas, demoprogresistas y comunistas en un Frente Popular, tal como había ocurrido en España en 1936. La celebración multitudinaria del 1º de mayo de 1943, con banderas rojas y puños en alto, pareció confirmar los peores pronósticos”.

            “El GOU creía en el orden, la jerarquía, la defensa de la neutralidad y en la tradición católica del país. No eran nazis aunque varios de sus integrantes fuesen abiertamente germanófilos, pero puestos a elegir un modelo político preferían el corporativismo fascista a la democracia liberal. Temían que por culpa de la democracia el país quedara indefenso como había sucedido en la Tercera República francesa con relación al rearme alemán. Se justificaban imaginando que el Ejército encarnaba las fuerzas sanas del país y los códigos de la honradez, la palabra, el honor y el desinterés patriótico. Venían escuchando elogios desmesurados en ese sentido desde que Leopoldo Lugones pronosticó en 1925 el advenimiento de la “la hora de la espada”[i]. 

Perón intervino en forma cada vez más frecuente en los procesos de decisión política dentro del Gobierno, hasta que llegó a hacerse, prácticamente, cargo del poder. Su ascenso político se refleja en la gran cantidad de cargos políticos que acumula durante el año 1944. Es designado Ministro de Guerra, Vicepresidente de la Nación y Presidente del sumamente importante Consejo de Posguerra. Si a eso se le suman las posiciones que ya había ocupado con anterioridad, sobre todo la de Secretario de Trabajo y Previsión, y si se tiene en cuenta que el Presidente de la Nación, general Edelmiro J. Farrel, era su antiguo jefe, pertenecía al igual que él a la especialidad de tropas de montaña y se encontraba sometido a su total influencia, se tendrá una idea aproximada del poder que había logrado concentrar en sus manos a esa altura Perón.

            Poco a poco el gobierno militar comprendió la importancia del tercer problema que había de afrontar: ganar el apoyo de las principales fuerzas políticas. Es evidente que al comienzo partió de la idea que para la legitimación política de las fuerzas armadas bastaba la conciencia de su responsabilidad y la capacidad de servicio demostradas al encarar algunas reformas urgentes. Pero si bien es cierto que muchos grupos civiles reconocían la urgencia de tales reformas, el éxito de las providencias adoptadas no siempre estaba de acuerdo con las expectativas y sobretodo no alcanzaba a compensar la pérdida de libertad de acción y expresión política que se veía obligada a aceptar la población bajo un régimen militar. Después de dos años en los cuales los militares gobernaban, sólo habían chocado contra una ocasional resistencia; sin embargo, en la primavera de 1945 se constituyó un sólido frente opositor que no solo contaba con el apoyo de la elite tradicional, desplazada del poder en 1943, sino que incluía fuerzas tan diversas como las universidades, entidades empresarias, la totalidad de los partidos políticos y sectores profesionales pertenecientes a los estratos medios.

            Conforme se fue desarrollando la escalada opositora, el gobierno militar adoptó una serie de medidas destinadas a apaciguar los ánimos. El 30 de junio anunció que hasta ese entonces habían recuperado la libertad trescientos setenta y cinco presos políticos. Locales de partidos políticos como la Casa del Pueblo y la Casa Radical fueron restituidas a sus legítimos propietarios. El Partido Comunista fue reconocido legalmente y se permitió la reapertura de los locales del Sindicato Obrero de la Alimentación y de la Federación Obrera de la Industria de la Carne. El decreto que había disuelto a la Federación Universitaria Argentina fue derogado. El 6 de julio de 1945, el general Farrel anunció que se convocaría a elecciones antes de fin de año y el primero de agosto entró en vigor el nuevo estatuto que regía el funcionamiento de los partidos políticos. Las modificaciones a la legislación electoral -ley Sáenz Peña- y al Código Penal objetadas por la oposición se dejaron sin efecto. Finalmente, el 6 de agosto el gobierno levanto el estado de sitio.

            La reacción de las fuerzas armadas ante las exigencias de los partidos políticos tradicionales no fue uniforme. Muchos jefes y oficiales comenzaron a distanciarse del gobierno. Los grupos más influyentes dentro del ambiente militar, en cambio, buscaron apoyo en la población para neutralizar la presión opositora. La base de apoyo residía entre los obreros y los empleados que integraban los sectores populares. Estos habían resultado más favorecidos por las reformas laborales aplicadas por el Gobierno, y, en consecuencia, veían en el coronel Perón –indiscutible promotor de dichas reformas-  a su defensor. Perón no tardó en consolidar la relación de lealtad existente en esos sectores convirtiéndolos en un sólido respaldo para el gobierno militar.

            Estas medidas no resultaron suficientes para asegurar, ni con mucho, la estabilidad del gobierno militar hasta la salida electoral. El enfrentamiento alcanzó su culminación a comienzos del mes de octubre de 1945, cuando ante la presión conjunta de opositores civiles militares, el coronel Perón debió renunciar a todos sus cargos en el gobierno y fue sometido a arresto.

            Los sucesos políticos habrían tomado un curso muy diferente si la oposición se hubiera conformado con despojar del poder a Perón. Pero fue más allá y volvió a exigir el inmediato retiro de todo el gobierno y su reemplazo por uno surgido de la Corte Suprema de Justicia. Las fuerzas armadas no podían, ni querían someterse a esta exigencia, pues ello habría significado dar por concluido el movimiento revolucionario de junio del 43 y admitir su fracaso político  algo que no podían aceptar ni siquiera los militares que cuestionaban la figura de Perón. Cuando las fuerzas armadas parecían encontrarse en un callejón sin salida la movilización popular del 17 de octubre les evitó la necesidad de reconocer su fracaso, y les abrió la posibilidad de proseguir su obra de gobierno en forma constitucional, apoyando la candidatura de Juan D. Perón para las próximas elecciones.[ii]

            Los militares comprobaron que el apoyo popular con que pretendía contar su cuestionado camarada era algo más que vana jactancia y esto daba la ocasión a un régimen que se encontraba acosado y a la defensiva de convertir su derrota en victoria y de obtener una continuidad que ni los elementos más optimistas del gobierno soñaban. Con ese amplio respaldo popular no sólo se podía evitar la humillante derrota que representaba para las fuerzas armadas la entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia, sino que incluso la salida electoral no significaba necesariamente el traspaso del poder a la oposición. Si la evidente popularidad de Perón le permitía imponerse en elecciones limpias, el movimiento militar quedaría justificado y las fuerzas armadas legitimadas.

            La mayor parte del Ejército se decidió entonces –no sin tener que vencer en muchos casos problemas de conciencia- por esta imprevista posibilidad que se abría para una salida honorable y eventualmente triunfal, y se dispuso a secundar el proyecto político del coronel Juan D. Perón.

            Así, muchos jefes y oficiales que no aprobaban a Perón y a su naciente estilo político, sin embargo apoyaron su candidatura presidencial para asegurar la continuidad de la obra revolucionaria y para salvar el prestigio de las fuerzas armadas.

            Pero, si los militares supieron interpretar con claridad los sucesos que culminaron con el 17 de octubre, la oposición no hizo la misma lectura. Al fracasar su intento de derrocar al régimen militar se contento con el alejamiento de Perón de sus cargos gubernamentales y su pedido de retiro. Aún cuando a los pocos días fue evidente que no había perdido su influencia en el gobierno, los partidos tradicionales y los políticos profesionales veían con cierto desdén las dotes políticas de ese militar. Después de todo no era más que un advenedizo que hasta hacía dos años sólo se ocupaba de las cuestiones propias de los militares. ¿Qué podría hacer contra la oposición de todos los partidos políticos unidos y de los sectores “esclarecidos” de la sociedad? 

            Los políticos tradicionales se negaban a aceptar que por primera vez en nuestra historia, una movilización de los sectores obreros determinaba un cambio sustancial en la situación nacional. El hecho significaba también la iniciación de una nueva etapa en la historia del movimiento obrero, cuyo peso político será desde entonces imposible de ignorar.

 

2. EL CORONEL PERÓN Y EL MOVIMIENTO OBRERO ARGENTINO

            Llegados a este punto, es preciso referirnos a la particular relación entablada entre el coronel Perón y el movimiento obrero, que será una de las características esenciales del estilo político peronista.

            Perón tenía plena conciencia de la importancia que podían tener las estrategias políticas y emocionales para captar a la masa trabajadora sin una posición política definida hasta el momento, si las apoyaba sobre una base material e institucional. Por eso, la elevación del nivel de vida y la mejora de la posición social de los estratos populares constituyeron el centro de sus esfuerzos de gobierno.

            Inicialmente, el gobierno militar había adoptado una posición hostil hacia el movimiento obrero. Suprimió una de las dos Confederaciones Generales del Trabajo, muchos sindicatos fueron intervenidos por el gobierno, mientras que la C.G.T. sobreviviente fue sometida a distintos controles. Los dirigentes sindicales y políticos, principalmente comunistas y otros de izquierda fueron sometidos. En octubre de 1943 se estableció una ley sumamente restrictiva que debía regular los sindicatos y que fuera muy resistida por los dirigentes sindicales. Si bien Perón la suspendió en diciembre, la aplicación de facto de su propósito fundamental no cambió: sólo los gremios reconocidos oficialmente por el gobierno podían representar a obreros en los convenios colectivos.

            Las primeras medidas netamente favorables a los sectores obreros fueron adoptadas unos seis meses después del movimiento militar de junio cuando el coronel Perón se hizo cargo del Departamento Nacional del Trabajo, una repartición con funciones de asesoría y la transformó en un organismo con competencias más amplias y con considerables recursos administrativos: la Secretaría de Trabajo y Previsión. La comprensión y el interés de Perón por los problemas del movimiento obrero le permitióconvertir en pocos meses a esa Secretaría en un centro de decisión de todos los problemas y conflictos vinculados con el movimiento obrero y las entidades sindicales.

            La política seguida por el coronel Perón con respecto a los sindicatos fue muy flexible y utilizando tanto el hostigamiento como la atracción frente a las organizaciones y los dirigentes. Aquellos gremios que se oponían a sus intereses podían ser desconocidos o cancelada su personería gremial; también podían ser disueltos o suprimidos –la estrategia empleada variaba de acuerdo al clima político, las orientaciones ideológicas, el grado de amenaza política, etc.- De cualquier modo, ningún gremio que no mostrase su disposición a colaborar podía obtener alguna mejora para sus afiliados en los conflictos laborales, en la legislación, en los servicios sociales, etc. También las oportunidades de éxito de un dirigente gremial para lograr mejores condiciones para los trabajadores dependían de sus actitudes: ideológicas, personales y de organización. La flexibilidad podía convertirse en marginación y hostilidad: Luis Gay y Cipriano Reyes son ejemplos de esta actitud. Pero si bien la masa obrera perdió su autonomía en la cúspide durante la época peronista, debe reconocerse que continuó ejerciendo una importante presión a nivel de base, presión que a veces impuso limitaciones y condiciones a la conducción de la C.G.T.

            Además, se estableció un gran número de gremios nuevos: en 1941 había 356; y en 1945 éstos llegaban a 969. En gran medida este incremento respondía a la aparición de gremios paralelos creados, con el apoyo oficial, para sustituir aquellos que rechazaban o se oponían a la política de Perón, en tanto otros representaban nuevas ramas de actividad a otras previamente no agremiadas. No siempre, pero a menudo, los nuevos gremios eran poco más que organizaciones sobre el papel. Sin embargo, sirvieron a un propósito importante: el de establecer una red de organización entre el movimiento obrero, difundir los resultados de la política laboral de Perón y en especial estimular el contacto directo –en manifestaciones masivas- con el líder, como también aumentar el número de personas favorables a Perón en el Comité Central Confederado, en la Asamblea General y otros órganos de la Confederación General del trabajo.

            Este proceso fue fundamental en la configuración de la relación directa entre los recién llegados y el líder carismático. Los gremios que adhirieron al estilo político peronista sólo fueron instrumentos en este proceso y proporcionaron el marco administrativo y legal para los convenios colectivos. Más importante de todo, proporcionaron el clima necesario para facilitar los lazos personales de Perón con los dirigentes a través de visitas a plantas y sindicatos, así como también los frecuentes actos masivos en los cuales el coronel Perón presentaba las concesiones oficiales como conquistas obreras. En efecto, este procedimiento junto con una utilización de los medios de comunicación de masas, especialmente la radio, fue uno de los factores centrales para erigir la figura de Juan D. Perón, como el abanderado de los pobres, el único que comprendía y protegía a los trabajadores, los “humildes”, término que claramente revelaba la imagen dicotómica –todavía tradicional de la estratificación-, basada en la antinomia entre ricos y pobres.

Un decidido antiperonista, el intelectual de la izquierda radical Marcos Aguinis describe claramente la relación entre las masas obreras y Perón. “El usos frecuente de la radio –afirma Aguinis refiriéndose a Perón- lo puso en contacto directo con todo el país. Las multitudes postergadas se estremecieron ante el milagro: un militar con poder se manifestaba su protector. Ya no se trataba del gesto corto que tenía lugar en el comité: el regalo de un abrigo, la ayuda de una recomendación. Era una situación insólita, porque desde arriba se propugnaba repartir bienes y establecer derechos que dormían en las legislaturas”.[iii]

            El acceso a grandes masas obreras fue efectivamente una de las metas fundamentales de la estrategia de Perón, como lo reconocieron más tarde ciertos sindicalistas que pensaron que esta relación era un precio exiguo para compensar los beneficios logrados por los sindicatos. En gran medida, para los obreros no agremiados significó que sus victorias lograban a través del esfuerzo personal del líder.

            Los centenares de disposiciones, resoluciones y dictámenes emitidos por el organismo entre 1943 y 1946, contenía ya todas las figuras jurídicas y los principios básicos de la política social peronista: la mayoría de ellas persigue dos objetivos básicos: la valorización social de los trabajadores, su reconocimiento como miembros de la comunidad nacional, con todos los derechos que ello implica, y la mejora de sus condiciones económicas.

            Quizá entonces, el máximo mérito del coronel Perón –conviene reiterarlo una vez más- consistió en sacar de su aislamiento social y político al gobierno militar a través del cual llegó al poder y en haber concretado sus planes políticos con el apoyo popular, y no contra la voluntad de éste. Mediante el apoyo de los estratos populares, los cuales por primera vez en la historia del país, eran tenidos en consideración y favorecidos por los dirigentes políticos. El gobierno los instaba a presentar sus exigencias y sus quejas, y representaba sus intereses ante los restantes grupos sociales. El éxito de los pocos sindicatos que respondieron inicialmente a esta invitación ejerció rápido efecto sobre las restantes organizaciones laborales. Provocó un paulatino cambio de actitud del movimiento obrero respecto del Estado, hizo que olvidara su escepticismo ante la política y los políticos y, este incremento del interés popular en el proceso político creó una mayor disposición a intervenir en forma activa en este proceso.

El movimiento obrero fue el sector social más numeroso de los que apoyaron a Perón; pero además de él, hubo muchos otros sectores sociales y políticos que proporcionaron a Perón su respaldo. Entre estos últimos cabe señalar sobre todo, aquellos sectores de los estratos medios, interesados en el desarrollo de una industria nacional independiente, así como algunos grupos de gran influencia dentro de la burocracia estatal, del clero y de las fuerzas armadas.

            Si tenemos en cuenta la actitud de rechazo con la cual la elite tradicional había acogido las tentativas de integración de los sectores populares, entre 1930 y 1943, y la comparamos con la plétora de reformas sociales que mejoraron en forma decisiva el status social y la situación económica de los obreros en un plazo de apenas dos años, comprenderemos que la toma de posición de los obreros respecto del coronel Perón estuvo en un todo de acuerdo con la apreciación política del Secretario de Trabajo y Previsión. En los círculos de la elite tradicional –especialmente aquellos ligados al quehacer empresarial- la política social de Perón era contemplada como un injustificado recorte de sus bienes y posición social. De todos modos, cualquier ataque contra esa política, tenía escasas posibilidades de éxito mientras las fuerzas armadas respaldaran al gobierno y el prestigio de la Secretaría de Trabajo y Previsión continuará en aumento entre el pueblo. Pero al constituirse una oposición, en el año 1945, la elite vio la posibilidad de intervenir a través de las organizaciones empresariales, en forma más activa en la confrontación política, presentando sus intereses particulares como problemas de interés general.

            Hacia mediados del año 1945, las organizaciones empresariales se dirigieron a la opinión pública en un manifiesto, en el cual criticaban la política social emprendida por el gobierno y exigían la revisión de todas las disposiciones legales. La respuesta del movimiento obrero no se hizo esperar, los sindicatos rápidamente comunicaron su apoyo al gobierno. Las manifestaciones de solidaridad a Perón alcanzaron su primer punto culminante en una demostración masiva ante el local de la Secretaría de Trabajo y Previsión, a la que concurrieron unos tres mil trabajadores.

            En esta oportunidad Perón aprovechó para advertir a los trabajadores sobre el peligro que corrían sus “conquistas” e insistiendo sobre el hecho de que tanto ellos como el gobierno se enfrentaban con el mismo enemigo: “La clase trabajadora se encuentra hoy frente a un grave problema: el de la continuidad de las conquistas sociales obtenidas, de impedir la posibilidad de que por subterfugios legales o constitucionales se le resten algunos de los beneficios que tan meritoriamente ha alcanzado. Esos dos objetivos importan tanto a la clase trabajadora como para el gobierno de la Nación. El día que nosotros desaparezcamos, quedarán ustedes librados a sus propios medios. El Estado ha impedido que esos poderosos enemigos que existen hayan podido incidir sobre las soluciones que se han procurado en bien de la clase trabajadora, pero no estando nosotros no podremos de ninguna forma garantizar que esa situación no se produzca. En estos momentos parece que las fuerzas que los combaten a ustedes y que nos combaten a nosotros son las mismas. Tenemos un enemigo común...”[iv]Pero estos acontecimientos sólo fueron el anuncio de la actitud que habrían de seguir los trabajadores en la decisiva semana del 9 al 17 de octubre, cuando, como dijéramos anteriormente, el coronel Juan D. Perón se vio obligado a retirarse de todos sus cargos, ante la presión de las fuerzas opositoras, y debió cumplir un arresto militar. La movilización popular en solidaridad con la política social y la figura de Juan D. Perón obligó a los sectores opuestos al Secretario de Trabajo y Previsión dentro de las fuerzas armadas a un repliegue. Perón fue puesto en libertad, y se dirigió a los obreros desde la Plaza de Mayo, sentado una tradición de contacto directo del líder y la masa de sus seguidores que constituiría uno de los elementos claves del estilo político peronista. Si bien Perón no fue repuesto en sus cargos y debió pedir el retiro, su control sobre el gobierno militar fue –si era posible- aún mayor.

 

LA COALICIÓN PERONISTA

 

1. EL PARTIDO LABORISTA

            El éxito de la movilización popular del 17 de octubre de 1945 contribuyó en forma decisiva a la formación de una aguda conciencia política,  a cuyo desarrollo contribuyó sustancialmente la política social desarrollada en beneficio del movimiento obrero desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. La incorporación del sindicalismo entre los factores de poder capaces de contribuir a legitimar el sistema político y desde un punto de vista exclusivamente gremial, el fortalecimiento del poder centralizador de los sindicatos como entidades de alcance nacional, proporcionaron a los trabajadores la oportunidad de desempeñar un papel fundamental en la nueva estructuración del país. La gravitación creciente del movimiento sindical, junto con la crisis de los partidos políticos tradicionales y la oposición organizada en contra de la política social, hicieron que el movimiento obrero comprendiera la necesidad de convertirse en eje de un nucleamiento político nacional para la defensa de sus intereses sectoriales.[v]

            Con anterioridad a los sucesos del 17 de octubre, un grupo de dirigentes –en su mayoría provenientes del socialismo- se había reunido en el local de la Unión Obrera Metalúrgica para intercambiar ideas sobre la creación de un “partido de la revolución”. Los días 19 y 20 de octubre hubo reuniones de ferroviarios donde se habló de constituir un “Partido Laborista”. Finalmente, el 24 de octubre se reunió una asamblea en la que se invitó, a través de la Secretaría de Trabajo y Previsión, a delegados de todos los sindicatos del interior.[vi] En esta asamblea constitutiva se fijó el nombre del partido y se designó una serie de comisiones encargadas de presentar un proyecto de estatuto. Entre el 1º y el 8 de noviembre se obtuvieron los medios para su financiamiento y se eligió la sede del partido y el 16 de noviembre, apenas un mes después de la “liberación” de Perón, la agrupación inició formalmente sus actividades.

            La prisa con la cual se cumplieron todos los pasos se explica por el hecho de que las fuerzas armadas concluían su período de gobierno y se había convocado a elecciones generales para fines de febrero de 1946. Eso colocaba al Partido Laborista ante la difícil tarea de movilizar políticamente a los sectores populares por él representados y convencerlos de que sus intereses estarían mejor representados por la nueva organización política, que por los tradicionales partidos de izquierda. El Partido Laborista pudo responder satisfactoriamente a esta imposición de las circunstancias, debido, por un lado, a que la creación de un partido obrero era una vieja aspiración de los dirigentes gremiales –especialmente de aquellos que provenían de las corrientes “sindicalistas”- que sólo esperaban el momento propicio para concretarlo; y por otro, porque la estructura partidaria se apoyaba en la ya preexistente de los sindicatos y de la Confederación General del Trabajo, que le proporcionó una presencia de nivel nacional y cuadros con relativa experiencia política.

            Conviene detenerse un momento para analizar la estructura orgánica y principales características del Partido Laborista tal como las describe Elena S. Pont[vii]. En primer término cabe consignar que el Partido Laborista constituye el único caso en la historia argentina de partido de estructura indirecta constituido por “Sindicatos de trabajadores, agrupaciones gremiales, centros políticos y afiliados individuales”–artículo 2º- que se unieron para establecer una organización electoral común. En general puede afirmarse que el laborismo carecía de miembros del partido, existiendo tan sólo miembros de los grupos de base. Y más aún dentro de los partidos de estructura indirecta se identificaba con aquellos que toman el carácter de una comunidad basada en un sector social único. Así lo consignaba en el Artículo 3º de su Carta Orgánica: “Podrán ser afiliados activos del Partido, los obreros, empleados, campesinos, profesionales, artistas e intelectuales, asalariados, estudiantes, pequeños comerciantes, agricultores e industriales...”Y, por si existiera aún alguna duda, en su Artículo 4º reafirma: “En ningún caso se aceptará el ingreso como afiliados al Partido, de personas de ideas reaccionarias o totalitarias, ni de integrantes de la oligarquía...”

            Por otra parte, el Partido Laborista es también el primer partido de masas del país que trata, en primer lugar, de realizar la educación política del movimiento obrero, de sacar de él una elite dirigente capaz de tomar en sus manos el gobierno y la administración de la Nación. Al respecto consigna el Artículo 1º de su Carta Orgánica –que se refiere a los fines del Partido-: “El Partido Laborista, fundado en la ciudad de Buenos Aires, el 24 de octubre de 1945, es esencialmente una agrupación de trabajadores de las ciudades y del campo, que tiene como finalidad luchar en el terreno político por la emancipación económica de la clase laboriosa del país, procurando elevarla en su condición humana y convertirla en factor decisivo de un fecundo progreso social...”[viii]

            Desde el punto de vista financiero los partidos de masas descansan esencialmente en las cuotas de sus miembros: el primer deber de los elementos de bases es asegurar que se cubran regularmente. Así el partido reúne los fondos necesarios para su obra de educación política y sus actividades cotidianas: así pueden, igualmente, financiar las elecciones: el punto de vista financiero se une aquí al punto de vista político. Este último aspecto del problema es fundamental: toda la campaña electoral representa un gran gasto. La técnica de los partidos de masas tiene como efecto sustituir el financiamiento capitalista de las elecciones, con un financiamiento democrático. En lugar de dirigirse a algunos grandes donadores privados, -industriales, banqueros o grandes comerciantes-, para cubrir los gastos de campaña –lo que coloca al candidato (y al elegido) bajo la dependencia de estos últimos- los partidos de masas reparten la carga sobre un número lo más elevado posible de sus miembros, cada uno de los cuales contribuye con una suma modesta. Al respecto el artículo 34º de la citada Carta Orgánica expresa que los fondos del Partido Laborista se formarán esencialmente con las cuotas mensuales de sus afiliados y para destacar su independencia económica agrega: “En ningún caso el Partido Laborista aceptará contribución alguna visible o disimulada de gobiernos de cualquier naturaleza, ni de empresas que tengan o puedan tener interés en la sanción de las leyes u ordenanzas que las favorezcan”Así el laborismo al igual que los modernos partidos de masas europeos, se caracteriza por apelar al público. Un público que paga, permitiendo a la campaña electoral escapar a las servidumbres capitalistas, un público que escucha y actúa, que recibe una educación política y aprende el modo de intervenir en la vida del Estado.

            Por último, el Partido Laborista poseía otra nota distintiva que lo identificaba como partido de masas al estilo europeo: el criterio formal de adhesión de los miembros del partido, que implicaba la firma de un compromiso de afiliación y el pago de una cuota mensual. En este sentido el laborismo adoptó la adhesión reglamentada, que se realizaba en dos actos distintos: una demanda de admisión del interesado, una decisión de admisión tomada por un organismo responsable del partido. El poder de admisión pertenecía a la agrupación seccional, local o gremial correspondiente, con recurso posible a los escalones superiores. El sistema se completaba con un padrinazgo obligatorio de dos miembros del partido, con un año de antigüedad como tales, que debían garantizar las cualidades políticas –la ausencia de ideas reaccionarias o totalitarias y la no pertenencia a la oligarquía- y morales del postulante, bajo su firma y responsabilidad –artículo 4º de la Carta Orgánica-.[ix]

            Los aspectos que hemos destacado de la estructura del Partido Laborista, ponen en evidencia que se trataba de un moderno partido de masas al estilo europeo, quizás el más moderno en cuanto a estructura que ha conocido el país hasta nuestros días. Pero su efímera –aunque brillante- existencia impidió que estas características fueran adoptadas por otros partidos políticos, o puestas debidamente a prueba para comprobar si se adaptaban con eficacia a la realidad política argentina.

 

2. EL ARMADO DE LA COALICIÓN

            La candidatura presidencial de Juan D. Perón, en las elecciones de febrero de 1946, no se encontraba monopolizada por el Partido Laborista. Otros partidos políticos también apoyaron a Perón en esa ocasión: en especial un sector del radicalismo y distintos grupos independientes.

 

a. La Unión Cívica Radical Junta Renovadora

            Tal como señala Alberto Ciria en su excelente obra: “Política y cultura popular: La Argentina peronista 1946 – 1955”[x] a quien seguimos en la elaboración de este punto, el radicalismo proporcionó al naciente estilo político peronista cuadros capacitados en la política práctica, es decir, un cierto número de punteros radicales habituados a la lucha comiteril y comicial -en algunos casos que guardaban agravios y resentimientos hacia la conducción del partido-, percibieron que estaban frente a un fenómeno nuevo en la política nacional y no dejaron escapar al tren de la historia.

            Mientras que la conducción oficial de la UCR rechazaba los intentos de aproximación de Perón –en especial sus contactos con Amadeo Sabattini- y se arrojaba a los brazos de los sectores antiperonistas que finalmente conformarían la Unión Democrática, dirigentes de segunda línea de distritos importantes como de la Capital Federal, Buenos Aires y Córdoba realizaron un abierto acercamiento a Perón. Como resultado de ese acercamiento el gobierno militar nombró en agosto de 1945 a tres ministros de origen radical: Hortensio Jazmín Quijano, Armando G. Antille y Juan I. Cooke.[xi]

            Los dirigentes y punteros radicales que se incorporaron al naciente peronismo no constituían una facción específica del partido sino que provenían por igual de distintos sectores internos si bien entre ellos imperaba un sentimiento nacional y popular heredado del antiguo yrigoyenismo. Tal como se evidencia de un análisis de las principales figuras de este grupo. Juan I. Cooke provenía de una familia con tradición radical: su hijo, John William, sería una nacionalista económico desde su banca de diputado nacional y como profesor de economía política en la Facultad de Derecho. Nombrado delegado personal de Perón después de su derrocamiento en 1955, fue radicalizando sus posiciones hacia el “socialismo nacional”, gran admirados del castrismo finalizó sus días en Cuba. Armando G. Antille era un destacado dirigente radical: había sido ministro de gobierno en Santa Fe, en 1920, diputado y senador por la UCR antes de 1930; y uno de los abogados defensores de Yrigoyen en la década del treinta. Frustrado como aspirante a la vicepresidencia, fue senador por su provincia en 1946 y 1952. Hortensio J. Quijano, fue el vicepresidente de Perón en sus dos presidencias, era un pintoresco dirigente radical de Corrientes donde explotaba un ferrocarril local, pertenecía al alvearismo.[xii]

            Diego Luis Molinari, político, profesor e historiador de antigua vinculación personal con Yrigoyen, fue senador por la Capital Federal y presidió el llamado “bloque único”. También difundió los principios de la “Nueva Argentina” en giras internacionales. Alberto Iturbe perteneció al radicalismo jujeño que se suma al peronismo, siguiendo a su popular dirigente Miguel Tanco. Cuando terminó su mandato como gobernador de Jujuy, Iturbe pasó al Senado nacional. En 1955 se lo nombró ministro de Transportes.

            Otros dirigentes radicales se destacaron como diputados. Raúl Bustos Fierro, de Córdoba, abogado e historiador buscó destacar la continuidad de los aspectos populares del yrigoyenismo en el peronismo. Algo similar planteo César J. Guillot, también proveniente de una familia radical. Eduardo Colom siempre se mostró orgulloso del papel que su diario “La Época” cumplió durante los sucesos del 17 de octubre de 1945. Diógenes C. Antille y Juan N. D. Brugnerotto eran radicales de la provincia de Santa Fe. Oscar E. Albrieu tuvo actuación en la Juventud Radical de Córdoba y La Rioja. Francisco Giménez Vargas era un radical yrigoyenista de Mendoza, lo mismo que el diputado obrero Juan de la Torre. Ricardo C. Guardo era un universitario porteño con simpatías yrigoyenistas. Dos punteros porteños fueron los diputados ElisardoSoneyra y Bernardino H. Garaguso, que más tarde sería intendente de Buenos Aires.[xiii]

 

b. FORJA

            Por último debe mencionarse a quienes se incorporaron al peronismo desde la mítica “Fuerzas de Orientación Radical de la Juventud Argentina” un grupo de intelectuales del nacionalismo popular de izquierda que disolvió voluntariamente el 15 de noviembre de 1945 cuando muchos de sus miembros decidieron sumarse a las huestes de Perón. De sus filas salieron gobernadores, diputados nacionales y hasta ministros. Entre los que se destaca el abogado, publicista y sociólogo Arturo Jauretche, presidente del Banco de la Provincia de Bs. As. durante la gobernación de Domingo Mercante y presidente de Eudeba en la breve gestión de Héctor J. Campora., poco antes de su muerte.

 

c. El Partido Independiente

            El tercer nucleamiento que apoyo la candidatura de Perón fueron los Centros Independientes o Partido Independiente. En este nucleamiento militaron algunos sectores que no se sentían cómodos en el ambiente gremial o se encontraban distanciados del radicalismo, en especial dirigentes conservadores de la provincia de Buenos Aires y del Interior, que rechazaban la Unión Democrática. A ellos se sumaron algunos militares y elementos realmente independientes que hacían sus primeras armas en la política. Los Centros Independientes surgieron espontáneamente después del 17 de octubre de 1945 y de allí salieron dirigentes de gran importancia como Héctor J. Campora, Oscar Ivanissevich, Ramón Carrillo, José E. Visca y Héctor SustaitaSeeber.[xiv]

            El Partido Independiente respondía a conducción de dos dirigentes provenientes de las fuerzas armadas. Por un lado, el general Filomeno J. Velázco, un viejo amigo de Perón desde el Colegio Militar, desempeño el estratégico cargo de Jefe de Policía de la Capital durante los sucesos del 17 de octubre, los hombres a su cargo no hicieron nada para obstaculizar la movilización popular. Durante la presidencia de Perón fue gobernador de Corrientes y senador nacional por dicha provincia.

            Por el otro lado, estaba el contralmirante Alberto Teisaire, uno de los muy escasos jefes de la marina que apoyó inicialmente a Perón. Fue senador por la Capital federal, desplazando al candidato laborista Luis F. Gay en 1946. Teisarire fue por muchos años Presidente Provisional del Senado. En esa época su más estrecho colaborador era un joven periodista de nombre Bernardo Neustad.

            En Abril de 1954 fue elegido Vicepresidente de la Nación, ante la vacante que dejó el fallecimiento de Hortensio Quijano. Con posterioridad al alejamiento del coronel Domingo Mercante, “el hombre de la lealtad” como segundo hombre en la jerarquía del Partido, Teisaire estuvo a cargo de la Presidencia del Consejo Superior del Partido Peronista, donde aseguró el control partidario con intervenciones a los distritos díscolos, eliminación de todo vestigio de democracia interna, purgas de dirigentes, etc.

            En las elecciones de febrero de 1946, el Partido Independiente consagró a diez de sus candidatos como diputados nacionales. En la provincia de Buenos Aires, los independientes lograron cinco lugares en la lista de candidatos a diputado del Partido Laborista. Esto permitió a José E. Visca convertirse en diputado nacional.[xv]

 

d. La Alianza Libertadora Nacionalista

            Otro grupo que apoyo la candidatura de Juan D. Perón a la presidencia de la república fue la Alianza Libertadora Nacionalista. En 1935, dos jóvenes de la Legión Cívica, el grupo nacionalistas de inspiración fascista creado durante el gobierno provisional de José F. Uriburu, fundaron una agrupación con otros estudiantes secundarios pertenecientes especialmente a prestigiosos colegios porteños: el Nacional de Buenos Aires; el Otto Krause, el Nacional Mariano Moreno y el Normas Mariano Acosta.

            Uno de ellos era hijo de un fabricante de juguetes, su nombre era Juan Enrique Queraltó -1912 / 1987-, su amigo era Alberto Bernardo. La agrupación formada por jóvenes de la clase media urbana adoptó el nombre de “Unión Nacional de Estudiantes Secundarios” –UNES-.

            Juan Queraltó se convirtió en jefe de la UNES por aclamación general de los organizadores, teniendo como colaboradores inmediatos a Alberto Bernardo en carácter de Secretario General y a Piquín González Iramin como Tesorero. Entre algunos de los organizadores estaban Oscar Serantes Peña y Arancibia Rodríguez.[xvi]

            Para identificarse los miembros de la UNES empleaban brazaletes con una cruz de Malta en color celeste y blanco, que expresaba “en sus colores nuestra posición argentina y en su forma la promesa de los caballeros malteses que vestían al hábito con la cruz de los cuatro triángulos: volvermos vencedores o muertos”. El empleo del emblema como prendedor de solapa era obligatorio para todos los miembros de la agrupación.[xvii]

            Los fines de la UNES fue explicado sin ninguna sutileza por Queraltó treinta años después: había que salir a la calle a “enfrentar la creciente agresividad de los comunistas, que se comportaban como amos de la situación”.[xviii]

            La UNES pronto tuvo unas treinta filiales situadas a lo largo de todo el país. No se trataba de una agrupación concebida para la militancia política o la difusión ideológica sino un grupo de choque destinado a la acción directa. El propio Queraltó hablaría un día del “núcleo que forjamos en la intensidad de la lucha callejera”.[xix]

            Poco después al finalizar sus fundadores sus estudios secundarios decidieron fundar otra agrupación, donde los jóvenes de más edad pudieran diferenciarse de los adolescentes de la UNES. Así en septiembre de 1937 nació la Alianza de la Juventud Nacionalista. La sede provisoria de la Alianza fue obtenida por Daniel Videla Dorna y estaba ubicada en el Pasaje Anchorena, Avenida de Mayo 939, y la definitiva en Piedras 126, donde comodamente pudieron actuar hasta el año 1943. Producido el movimiento militar del 4 de Junio de 1943, un decreto del gobierno provisional del general Pedro Pablo Ramírez, al disolver los partidos políticos y unos meses más tarde -11 de enero de 1944- hizo lo mismo con las entidades nacionalistas. En 1944 surgió la Alianza Libertadora Nacionalista -ALN- . Siempre con Queraltó en la jefatura.[xx] La UNES supervivió como una estructura destinada exclusivamente a la militancia de los alumnos secundarios, mientras que el Sindicato Universitario Argentino –SUA- cumplía las mismas funciones en el ámbito universitario.

            El escritor Rodolfo Walsh, que como dijéramos, fue militante de la Alianza, traza un interesante perfil personal de su fundador y de las características de la organización. “Su jefe era un individuo sin calidad, sin carisma, probablemente sin coraje, aunque eso traslució después. Se llamaba Queraltó, y le decíamos ‘El Petiso’. Medía tal vez un metro sesenta, y resultaba algo cómico en sus furores nacionalistas: un tipo simplista, remachador de eslóganes, violento, sin grandeza ni finura de ninguna especie. Sin embargo, la Alianza encargó la exageración de un sentimiento legítimo, que se encarriló masivamente en el peronismo. La Alianza no podía conseguir eso, primero porque sus vínculos con el nazismo provocaban desconfianza, aun entre los que no eran aliadófilos; luego porque era antisemita y anticomunista en una ciudad donde los judíos y la izquierda tenía un peso propio; luego, porque sus ideales eran aristocratizantes, aunque encarnaran en individuos de la clase media”.[xxi]

            La Alianza Libertadora Nacionalista fue, desde su creación, el grupo nacionalista con mayor presencia en la calle y el que demostró mayor capacidad para construir una base popular. A partir del 1º de mayo de 1938 comenzó a realizar actos públicos para conmemorar el Día del Trabajo. Hasta ese momento, la fecha era reivindicada únicamente por los grupos comunistas, anarquistas y socialistas. Con el respaldo de la mayoría de las organizaciones nacionalistas, la ALN efectuó una reunión de masas en la Plaza San Martín y un desfile a lo largo de la Avenida Santa Fe. La Alianza denominó a este acto la “Marcha de la Liberación” y, debido a su éxito, los desfiles nacionalistas en el Día del Trabajo se convirtieron en una tradición. En general, las manifestaciones y desfiles de la ALN, adornados profusamente con el símbolo del grupo –un cóndor con sus alas desplegadas sujetando en sus garras un martillo y un pluma de ave-, reunían entre ocho y diez mil personas.[xxii]

            Imitando a los grupos fascistas europeos, los miembros de la Alianza utilizaban una suerte de uniforme compuesto de camisas negras y correajes. También empleaban el saludo romano con el brazo en alto. Su consigna rezaba: Dios, Patria y Hogar. Según Queraltó, esta simbología guardaba un doble significado: “La tradición del juramento de la independencia y la comunidad del gesto con todas las fuerzas contemporáneas que realizaban la gran revolución destinada a imponer un nuevo estilo ascendente de la vida, por la justicia social.”

            Aunque la ALN era fundamentalmente un grupo juvenil, también contaba entre sus miembros a muchos nacionalistas maduros, como Alfredo Tarruella –que colaboró en Bandera Argentina desde sus comienzos-, Ramón Doll –un socialista convertido en nacionalista virulento y antisemita furioso-, Jordán Bruno Genta  -un autotitulado filósofo provisto de un odio devorador por los masones-, Teófilo Otero Oliva –un economista-, el coronel Natalio Mascarello y Bonifacio Lastra. En 1941, la ALN poseía filiales incluso en las provincias, pero la mayoría de sus miembros cotizantes –ocho mil hombres y tres mil mujeres- se concentraba en Buenos Aires, donde actuaban en seccionales con un jefe y un secretario por autoridad en cada una.[xxiii]

            La Alianza Libertadora Nacionalista tuvo su sede en plena city porteña. Un mítico local situado en la calle San Martín 392, casi en la esquina con la Avenida Corrientes. Refiriéndose a las características de esa sede durante la jefatura de Juan Queralto, Kelly señaló: “Estaba el retrato de Hitler, de Mussolini, de Franco. Había banderas y libros de la falange española. Las ceremonias (eran) nazis”[xxiv] [… ] “Lo único que me atrajo en el local de la Alianza Libertadora Nacionalista no fueron los banderines ni todo eso sino la figura de un cóndor con una leyenda que dice Dios Cuntor. Me sentía muy argentino y quería luchar contra todos los que creyera enemigos de mi patria.”[xxv]

            Si le creemos a Kelly, cuando él asumió de facto la conducción de la Alianza, en 1953, mejoró el sistema de seguridad del local. El país comenzaba a vivir en un clima de creciente violencia política donde este grupo nacionalista constituía la principal fuerza de choque progubernamental. En ese contexto resultaba lógico tomar mayores precauciones. Al respecto, Kelly describió en la siguiente forma las medidas de seguridad con que contaba el local: “El sistema de defensa que teníamos era muy bueno. Para la parte delantera estábamos comunicados a través del conmutador con todas las secretarías, que tenían un armario de acero que permitía cubrirse de cualquier tiroteo. La puerta central quedaba cerrada eléctricamente y no se podía abrir desde afuera. Por otra parte desde mi oficina se llegaba al techo, luego a (confitería) La Helvética, que estaba al lado”[xxvi]  […] “el sistema de defensa también consistía en apagar luces.”[xxvii] Este sistema de seguridad mostró sus efectividad en septiembre de 1955, durante la Revolución Libertadora, y fue una de las causas que llevaron al cañoneo del local de la Alianza por dos tanques Sherman del Ejército.

            Las consignas e ideas centrales de la ALN reflejadas en los discursos y escritos de sus dirigentes indican cómo los cambios en la ideología propuesta por los intelectuales nacionalistas habían afectado a los militantes. De acuedo con su “Postulados de nuestra lucha”, la ALN –como otras organizaciones nacionalistas de la época- deseaba destruir la ineficaz estructura democrática de la Argentina y organizar en su lugar un Estado corporativo basado en la representación funcional. En dicho Estado nacionalista y ético, cuya religión oficial sería el catolicismo, se disolverían los partidos políticos se limitarían las libertades individuales en razón de los intereses y la seguridad nacionales, y también se limitaría la propiedad privada teniendo en cuenta los intereses superiores de la nación.[xxviii]

            Pero la ALN se diferenciaba particularmente de otros grupos nacionalista de la década de 1930 por sus ideas económicas. Todo el capital, insistían los aliancistas, se colocarían bajo control estatal, porque el Estado…” debe disciplinar la economía, para evitar que el egoísmo individual lesione las conveniencias generales”.

            La ALN proponía la nacionalización del petróleo y los servicios públicos, y frenar al capitalismo internacional para que la Argentina alcanzara su independencia económica. Los latifundios y las tierras fiscales serían divididos en parcelas lo suficientemente pequeñas como para que quienes poseyeran la tierra pudieran trabajarla, y quienes trabajaran la tierra pudieran poseerla.

            La ALN afirmaba que dichas medidas asegurarían la justicia social para todos los argentinos y esta justicia social sería un elemento esencial del Estado nacionalista. En el terreno de las relaciones internacionales, la nueva Argentina mantendría lazos amistosos con todos los países, pero fortalecería en especial sus vínculos con las naciones latinoamericanas. Los aliancistas también expresaban su voluntad de luchar por la recuperación de las Islas Malvinas. Se controlaría la inmigración, y se la cerraría por completo a los judíos insistía la ALN, no por razones religiosas o raciales sino debido a la perniciosa influencia de los judíos sobre la economía y cultura argentina. La ALN también declaraba su oposición al imperialismo extranjero, “tanto económico como ideológico”.[xxix]

La Alianza Libertadora Nacionalista, pese a su tradicional rechazo a la “partidocracia” y a la ley Sáenz Peña, como hemos dicho,  también se sumó al heterogéneo conjunto de fuerzas políticas que decidieron apoyaron la candidatura presidencial del coronel Juan D. Perón. Lo hicieron con candidatos propios para legisladores en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. Las listas mostraban a Juan Queraltó y al sacerdote jesuita Leonardo Castellani en los primeros puestos. Castellani realizaba una curiosa práctica proselitista. En los barrios populares de la ciudad de Buenos Aires organizaba curiosos encuentro de box donde un boxeador denominado Perón terminaba siempre derrotando a su rival denominado, como el repudiado embajador de los Estados Unidos:  SpruilleBraden. Pese al ingenio de Castellani, la cosecha de votos no llegó al cuatro por ciento en la Capital y ni siquiera al uno en la provincia. Pese al revés, la ALN reincidía presentando candidatos en 1948 con el mismo escaso éxito.

Durante las dos presidencias de Perón la Alianza Libertadora Nacionalista brindó su apoyo al gobierno pero mantuvo su independencia, al menos formal. La Alianza constituyó el grupo de choque gubernamental por excelencia. Perón utilizó a la Alianza para enfrentar el activismo opositor en las calles. Durante los años del peronismo los enfrentamientos entre estudiantes de la Federación Universitaria de Buenos Aires y los jóvenes de la Alianza fueron algo frecuente. Los Aliancistas también fueron acusados de intervenir en los incidentes del 15 de abril de 1953 que culminaron con la destrucción del Jockey Club, La Casas del Pueblo –sede del Partido Socialista- y el ataque a la Casa Radical. Por último, la Alianza fue el único grupo civil que resistió con las armas en la mano el golpe de Estado de septiembre de 1955 en la ciudad de Buenos Aires.  

            La existencia de una coalición tan heterogénea como la que apoyo a Perón en 1946 sólo fue posible por el prágmatismo y flexibilidad que evidenciaba la conducción estratégica del nuevo líder. Posiblemente, su dominio de la conducción militar como sus conocimientos de táctica y estrategia fueron muy valiosos en ese momento. Lo cierto es que en los hechos Perón demostró ser muy flexible, adaptándose a las posibilidades de la situación. En algunos casos debió sacrificar o posponer sus proyectos e ideas con tal de atraer a todos los potenciales aliados, acrecentando así su poder político. Por otra parte, se trataba de la exacta aplicación a la esfera política del principio estratégico de la economía de fuerzas. Fiel a ello, el coronel Perón trató siempre de ser superior en el lugar donde se buscaba la decisión porque si eso consigue la acción se inclina a favor de uno, salvo que la fatalidad lo haga fracasar.[xxx]

            Tal predisposición a la formación de alianzas se hizo evidente desde el mismo momento de la formación del Partido laborista. La actitud de Perón hacia el naciente partido no parece haber sido sino muy entusiasta. Cuando una delegación concurrió a darle la noticia, “nada dijo que pudiera interpretarse como que estaba de acuerdo con nuestra conducta –dice uno se sus integrantes- Siempre gentil, se desvió con habilidad del tema (...) El vicepresidente del Partido Laborista invitó aquella tarde al coronel Juan D. Perón a que fuera el primer afiliado, pero él declinó el ofrecimiento y postergó la invitación para más tarde”. Evidentemente, Perón no quería atarse a un partido de incierto porvenir y sus planes eran más amplios: “Tomó lápiz y papel y dibujó un croquis con tres nombres: Partido Laborista, Junta Renovadora Radical y Partido Independiente –de este último no teníamos conocimiento de su existencia-. Nos dijo: estos tres partidos tienen que constituir el Movimiento Peronista Nacional, que yo debo organizar y conducir en esta emergencia. La consigna tiene que ser: hay que sumar y no restar”[xxxi]

            Este sano eclecticismo conllevará –como se ha dicho- a la formación de una coalición sumamente heterogénea  en cuanto a los intereses perseguidos por diversos miembros que la integraban. La convivencia entre ellos no fue nada fácil, sobreabundando los conflictos y querellas intestinas, como se verá más adelante.

            La intención de Perón, y del grupo estructurado a su alrededor, por tratar de obtener una base de sustentación política parece haber estado presente en todas sus acciones. Diversos testimonio muestran esta intención. Veamos en este sentido lo expresado por Bonifacio del Carril: “Al día siguiente –8 de diciembre de 1943- tuvimos una larga conferencia con el coronel Perón. Entre otras cosas, Perón me dijo textualmente: En este país se nace radical o se nace conservador. Yo nací orejudo. Mi padre era orejudo, y mi abuelo era orejudo. Pero yo no voy a ser orejudo, que son menos: voy a ser radical y organizar un movimiento obrero para que apoye oportunamente la solución electoral. Me dijo que todo consistía en separar a los dirigentes de la masa –cada vez que hablábamos de política Perón preguntaba: ¿Dónde está la masa?-. Y después, pegar a los nuevos dirigentes. “Para eso lo  necesito a usted y a sus amigos” agregaba guiñando un ojo. Yo le contesté que me parecía posible separar a los dirigentes de la masa, pero no tan fácil pegar a los nuevos dirigentes. Perón sonrió: “Es lo más fácil. Pongo el queso en la mesa, entro a cortar, y verá usted como se pegan.”[xxxii]

            Otro de sus asiduos visitantes de esos tiempos, Arturo Jauretche afirma que en el año 1944 Perón estaba en la formación de un gran movimiento nacional con el radicalismo yrigoyenista. Por ese entonces Perón, en una alocución a oficiales del ejército, se refería al radicalismo en los siguientes términos: “El Partido Radical es la gran fuerza que perdura y que es poderosa. Pero su dirección es anticuada y se percibe un movimiento para expulsar a los generales. Anticipamos una revolución como la nuestra, que permitirá el acceso de los hombres jóvenes a la dirección. Se trata de una fuerza utilizable, si podemos encauzarla de manera que coopere con nuestra obra. Estamos ocupándonos de ello y tenemos confianza en su éxito.”[xxxiii]

            Como hemos visto este intento de lograr un vuelco de la  Unión Cívica Radical al oficialismo fracasó, ya que Perón sólo pudo atraer a un grupo de dirigentes menores. El sector intransigente que más combatió al alvearismo se opuso sistemáticamente a Perón y permaneció en su totalidad dentro del Partido. Si bien dentro de la UCR había sectores que percibían la obsolescencia de su estilo político, la perdida de sus otrora sólidos apoyos en la clase media urbana que los hacían imbatibles en el campo electoral, pero que no vislumbraban aún la forma de renovar sus vínculos con el electorado.

            En medio de este clima político polarizado se produjo el pronunciamiento de una fuerza social politizada, que habría de tener profundas implicancias políticas. Nos referimos concretamente a la Iglesia Católica. La introducción de la enseñanza religiosa en las escuelas primarias mediante un decreto del gobierno militar había granjeado a Perón la simpatía de la jerarquía eclesiástica. Asimismo, la política de apertura social del peronismo se colocó bajo el signo de una cruzada enfatizándose la colaboración de los distintos estratos sociales en aras del bien común. Esto coincidía con los lineamientos generales de la doctrina social de la Iglesia. El 15 de noviembre de 1945 el Episcopado Argentino dio a conocer una pastoral con motivo de las próximas elecciones. “Ningún católico–decía el documento-puede afiliarse a partidos o votar a candidatos que inscriban en sus programas los principios siguientes:

1.- La separación de la Iglesia y del Estado ...

2.- La supresión de las disposiciones legales que reconocen los derechos de la religión, y particularmente del juramento religioso y de las palabras en que nuestra Constitución invoca la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia; porque tal supresión equivale a una profesión pública y positiva de un ateísmo nacional.

3.- El laicismo escolar.

4.- El divorcio legal”[xxxiv]

            Detrás de esta declaración se escondía un velado apoyo al coronel Perón y reforzó la posición del candidato oficial, extendiendo sus influencias a las zonas rurales donde no pocos sacerdotes se esforzaron por atraer adeptos hacia la nueva causa.

            Si bien no puede desconocerse su contribución a la coalición peronista, es justo reconocer que la pastoral de 1945, no es sino la reproducción de otro documento episcopal de 1931 en el cual se prohibía votar por la fórmula presidencial compuesta por Lisandro de la Torre y Nicolás Repetto, con lo que daba apoyo indirecto a la candidatura del general Agustín P. Justo.

            El apoyo de la Iglesia Católica fue aún más evidente. Poco antes de las elecciones, el coronel Perón fue invitado a una misa especial en la basílica de Luján donde el obispo de esa diócesis oró por la victoria peronista. A partir de entonces el cardenal Copello sería presencia obligada en todos los actos del peronismo, y el cardenal Caggiano, organizador de la Acción Católica Argentina, hacía ostensible su apoyo al régimen desde su sede de Rosario. El sacerdote jesuíta Hernán Benitez, confesor de Eva Perón, el padre Virgilio Filippo, diputado peronista y algunos católicos laicos de gran prestigio, como Tomás Casares, Ministro de la Corte Suprema, fueron otros tantos hombres del catolicismo incorporados al peronismo.[xxxv]

 

3. LA OPOSICIÓN

            Frente a la coalición peronista se fue estructurando otra alianza social formada por el entretejido de los grupos supervivientes del antiguo estilo de los notables con la gran burguesía industrial y los sectores medios urbanos de origen inmigratorio. Esta alianza se forjó ante el temor por la movilización obrera y el rechazo hacia los migrantes internos que formaban la base electoral sobre la que se asentaría el peronismo. La Sociedad Rural Argentina y la Unión Industrial –que habían apoyado la Marcha de la Constitución y la Libertad y la detención de Perón en octubre- eran las organizaciones empresariales más activas de esta alianza. Los empresarios estaban especialmente enfrentados con Perón por la aplicación del decreto 33.302, del 20 de diciembre de 1945, que estableció un aumento de sueldos, el pago del sueldo anual complementario o aguinaldo, vacaciones pagas y el incremento de las indemnizaciones por despido; y fueron el sostén económico de la oposición.[xxxvi]

La casi totalidad de los partidos políticos tradicionales establecieron un acuerdo para formar un frente electoral: la Unión Democrática. De ella participaron la UCR, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista, el partido Comunista y diversas fuerzas conservadoras –excluyendo al Partido Demócrata Nacional al cual no se aceptó formalmente en la alianza por oposición del radicalismo, pero que sin embargo la apoyó decididamente-. Estos partidos acordaron apoyar la fórmula presidencial elegida por la Convención Nacional de la UCR formada por los veteranos dirigentes antipersonalistas José P. Tamborini y Enrique M. Mosca. La Unión Democrática también adoptó la plataforma radical de 1937, con algunas modificaciones.

            La Unión Democrática no sólo contaba con el apoyo de los partidos políticos tradicionales. “La prensa independiente–nos dice Luna, por entonces militante de la Unión Democrática- apoyaba a Tamborini – Mosca sin ninguna reticencia y la voz de sus dirigentes se podía escuchar en todo el país a través de las radios. Los más conocidos artistas de cine y el teatro publicaban sus adhesiones personales en Clarín, día tras día, con su retrato, su firma y una frasecita de circunstancias”[xxxvii]

            Un cálculo del espacio dedicado por“La Nación”y“La Prensa” a la información política en los dos últimos meses de la campaña electoral indicaba que mientras el peronismo recibía el 10%, la Unión Democrática tenía el 90%. “Páginas  y páginas dedicadas a trasmitir, hasta la última coma, la totalidad de los discursos, manifiestos y movimientos democráticos, contrastan con los escasos párrafos dedicados a reseñar la actividad del peronismo. Actos peronistas cuya magnitud los convertía, de hecho, en noticia, son despachados en diez líneas; los discursos de Perón se sintetizan en un par de frases y cuando hay información destacada sobre el peronismo es para señalar un escándalo, una deserción o un cisma en sus filas; el nombre de Perón era prolijamente evitado y cada vez que se podía, los diarios usaban de eufemismos como ‘un militar retirado que actúa en política’, ‘un ciudadano que ha sido funcionario del actual gobierno’, ‘el candidato de algunas fuerzas recientemente creadas’”[xxxviii]

            A ello se sumaba el apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Principalmente a través del ex embajador norteamericano en Buenos Aires, convertido en Subsecretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, SrpuilleBraden. Pocos días antes del comicio, el 11 de febrero de 1946, el gobierno norteamericano dio a conocer un grueso informe titulado “Consulta entre las repúblicas americanas respecto de la situación argentina”–más conocido como “Libro Azul”- donde acusaba a Perón de simpatías nazis.

            Perón no dejaría pasar la oportunidad. El 12 de febrero, en un acto proselitista, no intentó negar la acusación ni justificarse, simplemente replicó con una  demoledora consigna electoral destinada a hacer historia. “Denuncio al pueblo de mi Patria que el señor SpruilleBraden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática” [...] “Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico – comunista, que con este acto entregan el voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: Braden o Perón”[xxxix]

            Así, la Unión Democrática llegó a las elecciones dando la imagen en grandes sectores de la población que su único programa consistía en volver al estado de cosas imperante en el país hasta junio de 1943. El tipo de personalidades que la dirigían, sus candidatos, el tono general de la campaña y sus apoyos, más o menos clandestinos, contribuían a presentarla como algo regresivo, anacrónico, intrascendente, al servicio del capitalismo más crudo y el imperialismo más voraz...[xl] 

            Las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946 se efectuaron de acuerdo con lo establecido por la ley Sáenz Peña y bajo el control de las fuerzas armadas. La fórmula Perón – Quijano obtuvo 1.478.3772 votos y los candidatos de la Unión Democrática, Tamborini – Mosca, 1.211.666. Cuando se reunió el Colegio Electoral, Perón contaba con 304 electores y sus adversarios con 72. Asimismo, la diferencia relativamente estrecha en los votos se tradujo de manera muy distinta en la distribución de los cargos legislativos: el peronismo contaba con 106 diputados y la oposición con 49.

 



[i] SAENZ QUESADA, María: La Argentina. Historia del país y de su gente.Ed. Sudamericana. Bs. As. 2000. Pág. 531
[ii] LUNA, Felix: El 45, crónica de un año decisivo. Ed. Planeta. Bs. As. 1982.
[iii] AGUINIS, Marcos: El atroz encanto de ser argentinos. Ed. Planeta. Bs. As. 2001. Pág. 116
[iv] MURMIS, Miguel y Juan Carlos PORTANTIERO: Estudios sobre el origen del peronismo/1 Ed. Siglo XXI. Bs. As. 1972.
[v] DEL CAMPO, Hugo: Sindicalismo y Peronismo. Biblioteca de Ciencias Sociales Nº 5. Bs. As. 1983. Pág. 79.
[vi] PONT, Elena Susana: Partido laborista: Estado y sindicatos.Bibliotecan Política Argentina. Nº 44 Ed. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1984. Pág. 137.
[vii] PONT, Susana Elena: Op. Cit. Pág. 139
[viii] PONT, Susana Elena: Op. Cit. Pág. 154.
[ix] PONT, Susana Elena: Op. Cit. Pág. 155.
[x] CIRIA, Alberto: Política y cultura popular: La Argentina peronista 1946 – 1955. Ed. De la Flor. Bs. As. 1983. Pág. 146.
[xi] CIRIA, Alberto: Op. Cit. 147.
[xii] CIRIA, Alberto: Op. Cit. 148.
[xiii] CIRIA, Alberto: Op. Cit. 149.
[xiv] CIRIA, Alberto: Op. Cit. 151.
[xv] GAMBINI, Hugo: Historia del peronismo. El poder total (1943 – 1951). Ed. Vergara. Bs. As. 2007, p. 173.
[xvi]LEZICA, Manuel de: Recuerdos de un nacionalista.Ed. Astral. Bs. As. 1968, p. 99.
[xvii] GUTMAN, Daniel: Ob. Cit. p. 36.
[xviii] GUTMAN, Daniel: Ob. Cit. p. 31.
[xix] GUTMAN, Daniel: Ob. Cit. p. 32.
[xx]LEZICA, Mnuel de: Ob. Cit. p. 99.
[xxi] WALSH, Rodolfo: Ese hombre y otros papeles personales. P. 14. Tomado de GUTMAN, Daniel: Ob. Cit. p.33.
[xxii] NAVARRO GERASSI, Marysa: Los nacionalistas. Ed. Jorge Álvarez, Bs. As. 1968. p. 148.
[xxiii] NAVARRO GERASSI, Marysa: Ob. Cit. p. 148.
[xxiv]DE DIOS, Horacio: Kelly cuenta todo. Ed. Gente. Bs. As. 1983, p. 12
[xxv]DE DIOS, Horacio: Ob. Cit. p. 12.
[xxvi]DE DIOS, Horacio: Ob. Cit. p. 22.
[xxvii]DE DIOS, Horacio: Ob. Cit. p. 23.
[xxviii] NAVARRO GERASSI, Maryssa. Ob. Cit. p. 149.
[xxix] NAVARRO GERASSI, Maryssa, Ob. Cit. p. 149 y 150.
[xxx] DEL CAMPO, Hugo: Op. Cit. Pág. 137.
[xxxi] DEL CAMPO, Hugo: Op. Cit. Pág. 140
[xxxii] DEL CARRIL, Bonifacio: P. Cit. Pág.49. La denominación de “orejudo” se daba en la provincia de Buenos Aires a los conservadores. En el campo bonaerense los caballos sin marca se denominan “orejanos” y se los suele identificar por medio de cortes en una de las orejas. Por lo contrario los caballos marcados a fuego suelen tener sus orejas intactas. Por analogía las personas que carecen de un apellido conocido o los hijos de padre desconocido que  emplean el apellido se su madre suelen denominarse “orejanos”. Mientras que quienes portan un apellido con cierto prestigio se los llamaba “orejudos”. Los conservadores que eran personalidades notables en su localidad eran calificados de “orejudos”.
[xxxiii] SEBRELI, Juan José: Los deseos imaginarios del peronismo. Ed. Legasa. Bs. As. 1983.
[xxxiv]ALONSO, María, Roberto ELISADE y Enrique C. Vazquez: Historia: La Argentina del siglo XX. Ed. Aique. Bs. As. 1997. Pág. 40.
[xxxv] SEBRELI, Juan José: ob. Cit. Pág. 56
[xxxvi] DECRETO 33.302/45: Estos beneficios habían sido prometidos por Perón a los trabajadores en su discurso de despedida pronunciado el 10 de octubre de 1945 cuando debió dejar sus cargos en el gobierno militar por imposición del acatamiento de Campo de Mayo encabezado por el general Avalos. Fue implementado por su sucesor en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el coronel Domingo Mercante.
[xxxvii] LUNA, Félix: “El 45” Ed. Sudamericana. Bs. As. 1975. Pág. 367.
[xxxviii] LUNA, Félix: Op. Cit. Pág. 439.
[xxxix] LUNA, Félix: Op. Cit. Pág. 433 y 434.
[xl] LUNA, Félix: Op. Cit. Pág. 382.